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Sociedad

Un súper solidario de Valladolid alimenta a 146 familias en un garaje

Cada mes, un garaje de Valladolid reparte alimentos a familias con dificultades; el día de la visita atendió a 146.

Interior de un garaje convertido en reparto de alimentos, con estanterías con comida y voluntarios atendiendo a personas de…

A las ocho y media de la mañana ya hay cola en la calle Ruiz Hernández de Valladolid. Hace frío y una larga fila de personas espera, con paciencia, a que se abra el portón de un garaje. No es un comercio corriente: es la residencia de las Religiosas de María Inmaculada y, una vez al mes, su garaje se convierte en un supermercado solidario donde las familias con dificultades económicas recogen comida.

El día de la visita se atendió a 146 familias. Entre quienes esperan hay inmigrantes, vallisoletanos de toda la vida y bastantes niños que acompañan a sus padres a recoger los alimentos bajo cartilla. Al frente del equipo de voluntarios está la hermana Gloria, una religiosa de 88 años que recorre la residencia con su bastón saludando a todo el mundo.

Lo que sigue es el relato de esa mañana: quién llega, quién reparte y qué hay detrás de cada bolsa.

La cola antes de que se abra el portón

La escena se repite cada mes. La gente llega temprano y aguarda en la acera. Algunos usuarios prefieren que no se les fotografíe, y se respeta. Los alimentos proceden del Banco de Alimentos: legumbres, yogures y fruta, entre otros productos.

Los perfiles son muy distintos. Nubia Galíndez, colombiana con un hijo a su cargo, trabaja unas horas cuidando a personas mayores y tiene un permiso de trabajo provisional. Paga 350 euros por una habitación en un piso de Delicias. Para ella, la ayuda llega como un respiro: «¡Uf! si nos viene bien, es una bendición de Dios, estoy muy contenta acá, es la primera vez en mi vida que viajo, pero la verdad es que nunca había vivido en un país así, tan bonito y con gente tan hospitalaria».

Natalia, teleoperadora española con un hijo, está en esa fila por un «bache personal». Espera dejar pronto de formar parte de ella.

Ocho meses lejos de casa

Jaqueline Espinosa, peruana, lleva ocho meses en España. Dejó en Perú a un hijo de 17 años y vino con su hija pequeña, de cuatro. Trabaja en la limpieza de una casa y paga 250 euros por una habitación. Mientras espera, busca en una mesa junto a la entrada ropa de invierno para ella y para la niña.

Su testimonio resume lo que cuentan otros migrantes: «Para todos los migrantes nos es de gran ayuda, porque pasamos situaciones muy difíciles para encontrar alquileres, que son muy caros, no consigues trabajo…».

Varios usuarios explican que los alimentos les permiten destinar el dinero al alquiler, aunque su situación sigue siendo precaria. Esa es, en esencia, la función del garaje: aliviar un gasto para que quede margen en otro.

Dentro del garaje: el reparto

En la trastienda, Luis Sobrino y José Antonio Herrero despachan los pedidos junto a otros compañeros. Herrero es guardia civil jubilado. Unos carteles en los estantes indican las cantidades que corresponden a cada familia según el número de miembros, de modo que el reparto sea ordenado y justo.

Los dos voluntarios lo resumen al unísono: «Para nosotros poder echar una mano es muy satisfactorio».

Entre los que ayudan hay también muy jóvenes. Los mellizos Lidia y Jorge Juárez, de 16 años, colaboran porque su abuelo les animó a hacerlo. Lidia lo cuenta así: «Te das cuenta de que hay mucha gente pasándolo mal a la que hay que ayudar, y también de la suerte que tenemos nosotros».

Claves del súper solidario

  • Dónde: garaje de las Religiosas de María Inmaculada, calle Ruiz Hernández, Valladolid.
  • Cuándo: una vez al mes, por la mañana; a las ocho y media ya hay cola.
  • Quién: equipo de voluntarios coordinado por la hermana Gloria.
  • Qué se reparte: alimentos del Banco de Alimentos, como legumbres, yogures y fruta.
  • Cuántos: 146 familias el día de la visita.

Voluntarios de todas las edades

Paula Vaca tiene 20 años y estudia Comercio y Relaciones Laborales. Lleva tres años colaborando. Empezó siguiendo el ejemplo de su padre, que donaba plátanos al hermano Carlos. «Mi padre le donaba plátanos al hermano Carlos, empecé ayudándole y luego conocí esto y llevo tres años; aquí eres consciente de que hay mucha gente necesitada», explica.

El equipo reúne así a jubilados, adolescentes y estudiantes. Cada uno llegó por un camino distinto, pero todos coinciden en la misma sensación: la de ver de cerca una necesidad que a menudo pasa inadvertida.

La hermana Gloria: «Sin esto yo me muero»

La hermana Gloria, de 88 años, es el alma del proyecto. Describe sin rodeos lo que ve cada mes: «El tema está muy difícil, nos llega gente que no tiene piso, familias con cuatro niños que viven en una habitación sin poderse mover para nada; gracias a los alimentos pueden sobrevivir y pueden estar más o menos alegres, porque si no, se morirían de pena».

Su fe sostiene su ánimo: «Dios está encima de todo y, poco a poco, se irán solucionando las cosas».

Sus propias compañeras de congregación le piden que deje de hacerlo, pero ella tiene intención de seguir en la labor hasta el final. Lo expresa con una frase rotunda: «Sin esto yo me muero».

La ayuda no se limita a la comida. El centro ofrece talleres gratuitos de formación y apoyo para encontrar empleo. La hermana Gloria lo dice así: «Tenemos talleres gratuitos de formación, ayudamos a encontrar empleo…».

Qué queda cuando se cierra el portón

Al terminar la mañana, las familias se marchan con sus bolsas. Para muchas, esa comida es lo que les permite llegar a fin de mes. Para quienes reparten, es una forma de estar cerca de quien lo pasa mal.

De la historia del proyecto se conocen pocos datos: no consta cuántos años lleva funcionando ni cuántos voluntarios participan en total. Sí consta su ritmo, una entrega al mes, y su efecto visible: cada vez que se abre el portón, cientos de personas encuentran allí algo más que alimentos.

Por la redacción de GUAY.news.

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