La Carrera de la Mujer tiñe este domingo de rosa las calles de León. Pero las pacientes de cáncer de mama mantienen otra carrera, silenciosa, los 365 días del año: antes, durante y después del tratamiento. Un puñado de ellas forma parte, además, de la investigación que hace avanzar los tratamientos.
Son supervivientes que se suman a ensayos clínicos, a veces a ciegas, para probar nuevos fármacos. Actualmente 130 pacientes leonesas participan en estudios con el Caule, el Complejo Asistencial Universitario de León. Cuatro de ellas, repartidas en tres ensayos distintos, cuentan su experiencia: qué les llevó a apuntarse, qué han tenido que sacrificar y qué esperan de lo que están haciendo.
Sofocos que condicionan la vida
Trinidad de la Vega Cadenas tenía 45 años cuando le detectaron un tumor mamario en la primera mamografía del programa de prevención de la Junta de Castilla y León. Después de la cirugía tuvo que tomar tamoxifeno durante cinco años, un tratamiento hormonal que le producía sofocos insoportables.
Le provocaban mareos, la obligaban a salir de la granja que gestiona y en invierno andaba en manga corta con la ventana abierta. «A los ocho meses estuve a punto dejar el tratamiento», recuerda. Es decir, el problema no era un efecto pasajero, sino una molestia que se repetía a diario y que condicionaba su trabajo y su rutina.
Elvira Blanco Cordero, operada con 42 años, sufría los mismos sofocos. Ha llegado a soportar entre dos y tres, y hasta doce episodios al día, según el relato recogido. Señala que no se parecían a los de la menopausia: «Creo que no tienen nada que ver con los de la menopausia, me daban hasta taquicardias».
Ese es el punto de partida de las dos mujeres. Ambas habían pasado por la cirugía y seguían con un tratamiento hormonal que cumplía su función, pero que dejaba un problema añadido que no siempre tenía solución. Los sofocos, en este contexto, no son solo una molestia: forman parte de la razón por la que algunas pacientes abandonan la medicación.
Claves del reportaje
- Cuatro pacientes de León, de un total de 130 pacientes leonesas que participan en estudios con el Caule.
- Tres ensayos distintos: Highlight-1, SIE-1 y Mirador.
- Un problema común: los sofocos derivados del tratamiento hormonal y su impacto en la vida diaria.
- Una petición compartida: más investigación.
Un ensayo a ciegas contra los sofocos
La oncóloga del Caule Ana López invitó a Trinidad a entrar en el ensayo Highlight-1, en fase III. Está dirigido a pacientes con cáncer de mama en estadios I-III que reciben hormonoterapia y tienen sofocos moderados o severos. Elvira también fue propuesta. Según el texto, el estudio comenzó en septiembre de 2025 y está previsto que dure un año.
El diseño es ciego: ni investigadores ni pacientes sabían quién recibía el fármaco y quién el placebo. Un programa informático asignó al azar el fezolinetant a Trinidad, mientras que Elvira tomó una pastilla inocua sin el compuesto anti-sofocos. La aleatorización y el ciego son lo que permite comparar con rigor los resultados de un grupo y de otro, porque ni la expectativa de quien participa ni la de quien trata influyen en lo que se registra.
Trinidad se resignó con una idea práctica: «Peor, no voy a estar y, si tengo suerte, me toca la pastilla buena». Se trata de una frase recogida en estilo directo, un pensamiento que expresa cómo asumió la posibilidad de no recibir el fármaco activo. Según el relato, en pocos días ambas se dieron cuenta de quién tomaba la medicación del ensayo.
Esa percepción temprana es una de las cuestiones que el propio diseño intenta neutralizar, aunque el reportaje no entra en detalle sobre cómo se gestionó. Lo que sí recoge es la experiencia de las pacientes: para ellas, el ciego no siempre se mantuvo como una cuestión abstracta.
Cuando te toca el placebo
Trinidad notó el fármaco y le funcionó, aunque el texto indica que no funciona igual con todas las mujeres. Dice que «cambió mi vida radicalmente». Su experiencia es la de una paciente que vio un cambio claro en su día a día, algo que no todas las participantes pueden decir.
A Elvira le tocó el placebo. «Había decidido participar para mejorar mi calidad de vida. No fue así. Me tocó placebo y me quedé con que estaba colaborando con algo bueno», cuenta. Decidió continuar en el ensayo aunque no notaba efectos. Cada día debía anotar la frecuencia y la intensidad de los sofocos y responder a un test sobre cómo le afectaban en el descanso, el sueño y el trabajo. Es decir, siguió registrando sus síntomas con la misma disciplina aunque no obtuviera ningún alivio.
«Algo habremos recibido de las que han estado antes que nosotras», razona. La doctora López subraya el valor de ese gesto: «Ha sido durísimo para las personas que han seguido con los sofocos continuar en el ensayo «para nada». Lo han hecho solo por generosidad con la investigación, ellas no han tenido ningún beneficio al participar. Pero otras mujeres sí lo harán gracias a ellas».
Desde el punto de vista de la oncóloga, el ensayo no beneficia a quien participa en el placebo, sino a las pacientes que vendrán después. Es el argumento que sostiene la participación de quienes no notan efectos, y es también el que las propias pacientes repiten cuando explican por qué merece la pena.
Después del ensayo, el fármaco
Desde que Elvira toma el fármaco tras el estudio, lo nota «desde el primer día». El texto no detalla si lo recibe por el propio ensayo o por otra vía, y ese punto no se puede precisar con los datos disponibles.
El medicamento está financiado al 60% por la Seguridad Social y solo se prescribe a mujeres en tratamiento hormonal. Ya existe comercializado para mujeres sanas con sofocos en la menopausia, «pero las agencias reguladoras pidieron un ensayo específico para mujeres con cáncer de mama», explica la oncóloga. Es decir, la indicación para pacientes con cáncer de mama necesitaba una evidencia propia, y de ahí la existencia del estudio.
60% de financiación del medicamento por la Seguridad Social, que solo se prescribe a mujeres en tratamiento hormonal.
Los tres ensayos, de un vistazo
- Highlight-1 (fase III): prueba un fármaco contra los sofocos en pacientes con cáncer de mama en hormonoterapia. Duración prevista: un año.
- SIE-1 (fase 1): estudia la seguridad del letrozol intramuscular trimestral durante un año. Es el primero en fase 1 del Servicio de Oncología.
- Mirador: busca células tumorales circulantes en sangre para tratarlas antes de que desarrollen metástasis. Seguimiento de dos años.
Del tamoxifeno al letrozol: el ensayo SIE-1
Nuria Fernández Martínez llevaba cuatro años con tamoxifeno. El cambio a letrozol no mejoró sus síntomas: dolores articulares, calambres y sofocos. «Hay días que estás peor que cuando estabas en tratamiento», resume. Su caso muestra que cambiar de fármaco no siempre resuelve el problema, y que las molestias pueden persistir o cambiar de forma.
Cumplía el perfil del ensayo SIE-1, que se dirige a pacientes que han tomado este fármaco y están cerca de terminar el tratamiento, y se lo ofrecieron. «Cuando expliqué para lo que era, me dijeron que sí inmediatamente», cuenta.
La doctora López explica el motivo del estudio: «El letrozol oral se tolera regular o mal y muchas mujeres lo dejan de tomar total o parcialmente». Por eso se busca otra vía: una inyección intramuscular de letrozol cada tres meses durante un año. El estudio no busca demostrar eficacia, sino comprobar la seguridad de esta forma de administración, según se recoge en el texto.
La participación exige esfuerzo. Nuria debe acudir al hospital para analíticas de concentración plasmática del fármaco, también en fines de semana y festivos, y ha tenido que pedir permiso en el trabajo. En pocos días recibirá la primera inyección. «Pregunté por los efectos secundarios y concluí que peor no voy a estar; y si las que vengan detrás se pueden beneficiar, pues he puesto mi granito de arena», dice.
Mirador: adelantarse a la metástasis
Isabel Arteaga recibió la primera sesión de quimioterapia en la Nochebuena de 2019, poco después del diagnóstico y antes de operarse. Está curada, pero pertenece al grupo de pacientes con riesgo de recidiva al que se dirige el ensayo Mirador, del que es una de las primeras participantes.
La oncóloga lo describe así: «Busca células tumorales circulantes en la sangre y, si las encontramos, antes de que desarrollen metástasis, ponemos un tratamiento en pastillas para intentar matarlas». La idea es actuar antes de que aparezca una enfermedad visible, en una fase en la que el paciente no presenta síntomas. El ensayo tiene un seguimiento previsto de dos años.
Isabel lo vive con optimismo: «Tengo muchísima fe en que va a salir bien. Estoy contenta y agradecida». Y añade: «Es mucho más que si me hubiera tocado la lotería porque el objetivo es que no me llegue a producir una metástasis». También elogia a la oncóloga: «No puedo estar más agradecida a la doctora López por lo que se involucra y todo lo que hace, que es de verdad».
Qué busca cada ensayo
- Highlight-1: aliviar los sofocos de pacientes con cáncer de mama en hormonoterapia, con un fármaco evaluado frente a placebo.
- SIE-1: comprobar la seguridad de una inyección intramuscular de letrozol, cada tres meses, para pacientes que están cerca de terminar el tratamiento oral.
- Mirador: detectar células tumorales circulantes en sangre y tratarlas con pastillas antes de que den lugar a metástasis.
Vida, trabajo y una petición común
Siete años después del diagnóstico, Isabel sufre cansancio, dolores musculares y los efectos de un linfedema operado muy tarde, pero lleva una vida con casa, trabajo y ocio. «Bajones los justos», afirma. «Hay que tirar para adelante y no hay que renunciar a todo». Se ha apuntado al equipo de fútbol caminando de Fresno, su pueblo, y quiere federarlo en Castilla y León.
Todas las mujeres citadas están en activo y deben organizar su vida laboral, alguna como autónoma, para cumplir los requisitos de los estudios: analíticas, visitas y registro de síntomas. Nuria ha tenido que pedir permiso en el trabajo, y Elvira debía anotar a diario sus síntomas aunque no notara efectos. El reportaje muestra así que participar en un ensayo supone un compromiso sostenido en el tiempo, que se suma a la vida ordinaria de cada paciente.
Aun así, las cuatro coinciden en un mismo reclamo: más investigación. Es la petición que cierra el reportaje y la que une experiencias muy distintas: la de quien mejoró con el fármaco, la de quien recibió placebo, la de quien cambió de tratamiento sin alivio y la de quien vive curada, pero vigilada.
Con la mirada puesta en quienes vendrán después, la oncóloga Ana López resume el sentido de la participación: los ensayos sirven para que otras mujeres puedan beneficiarse de lo que se aprende hoy. Las pacientes lo expresan con sus propias palabras, y el texto deja claro que su contribución se hace sin garantía de beneficio propio.
Por la redacción de GUAY.news.





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