Las aves marinas también sufren el desfase horario. Un equipo de investigadores coordinado por científicos de la Universidad de Oxford ha comprobado que las pardelas cenicientas acumulan una especie de «jet lag» en sus largos desplazamientos y que ese desajuste las lleva a cometer errores de navegación mientras se orientan por el Sol. Los resultados se publicaron el jueves en la revista Science.
Las desviaciones son pequeñas y las aves pueden corregirlas, pero resultan previsibles y sistemáticas. Además, aparecen incluso cuando los animales tienen a su alcance referencias terrestres con las que guiarse, un dato que dice mucho sobre cuánto se fían de su brújula solar.
Cómo un reloj retrasado desvía el rumbo
Los animales que se desplazan largas distancias no dependen de una sola señal. Según los hechos del estudio, utilizan como brújula el campo magnético terrestre, las estrellas y el Sol. Para que el Sol sea una guía fiable, sin embargo, hay un requisito: deben compensar su movimiento aparente en el cielo a lo largo del día. Lo consiguen gracias a un reloj biológico interno, calibrado principalmente por el ciclo diario de luz y oscuridad.
El problema surge cuando el viaje es rápido en sentido este-oeste o viceversa. Al cruzar meridianos, el reloj interno de las aves se desincroniza de la hora solar local, igual que le ocurre a una persona que cruza el Atlántico en avión. Esa desincronización provoca errores predecibles en el uso de la brújula solar y, por tanto, desvíos respecto a la ruta prevista. El desfase no afecta al animal de forma aleatoria: el error sigue una pauta que puede anticiparse, lo que es precisamente lo que permite estudiarlo con datos de seguimiento.
El sentido del error depende de la dirección del viaje. Un desplazamiento hacia el este produce una desviación en el sentido de las agujas del reloj respecto a la dirección prevista, mientras que uno hacia el oeste causa una desviación en sentido contrario. Los investigadores no han detallado en el texto la magnitud en kilómetros de estas desviaciones ni su valor angular exacto.
Veinte años de GPS en las colonias de pardelas
Las pardelas cenicientas se reproducen en islas, entre ellas las situadas frente a las costas occidentales del Reino Unido e Irlanda, y recorren regularmente cientos de kilómetros mar adentro en busca de comida. Algunas zonas de alimentación se encuentran a unos 1.000 kilómetros al oeste de las colonias de cría.
Esa rutina de ida y vuelta ofrece un escenario ideal para estudiar el fenómeno. Al regresar a sus nidos, las aves pueden desplazarse rápidamente hacia el este, cruzando meridianos y llegando a lugares donde el Sol salió antes. En ese caso, sus relojes biológicos pueden quedar retrasados hasta una hora respecto a la hora solar local. Es el mismo tipo de desajuste que sufre una persona tras un vuelo largo, pero en un animal que no cambia de hora por voluntad propia y que debe orientarse sin mapas ni relojes.
Para comprobarlo, los investigadores analizaron datos acumulados durante veinte años de seguimiento con sistemas GPS. En total, el trabajo incluye a más de 1.000 pardelas y casi 7.000 viajes de búsqueda de alimento, una muestra amplia que permite detectar patrones que serían invisibles con pocos animales o con pocas travesías. La duración de la serie es también relevante: al cubrir dos décadas, el estudio reúne un volumen de trayectos que no podría obtenerse en una campaña corta.
Siguen fiándose del Sol aunque vean la costa
Uno de los resultados más llamativos es que los errores de navegación persistían incluso cuando las aves volaban a lo largo de costas visibles, con puntos de referencia a la vista. Dicho de otro modo, las pardelas no se limitaban a seguir la línea de la costa para orientarse. Tenían a su alcance una referencia terrestre clara y, aun así, el sesgo de su brújula solar seguía influyendo en su trayectoria.
El patrón de vuelo lo confirma. Cuando el error de la brújula apuntaba hacia tierra, las pardelas tendían a volar más cerca de la costa; cuando apuntaba en dirección opuesta a la tierra, tendían a volar más lejos mar adentro. Su trayectoria seguía, en definitiva, el sesgo de su reloj interno y no solo el paisaje. Es una prueba de que la brújula solar no es un recurso secundario, sino una señal que las aves priorizan.
Los investigadores concluyen que las aves siguieron dependiendo de su brújula solar aunque disponían de otras señales de navegación. Que sigan confiando en el Sol pese a tener referencias terrestres disponibles sugiere que esta brújula tiene un peso especial en su orientación.
Qué significa el hallazgo
Según señalan los propios investigadores, el descubrimiento abre interrogantes sobre los efectos más amplios de este fenómeno en la salud y en el comportamiento migratorio de las aves. Si el desfase horario afecta a la orientación de una especie que repite trayectos de cientos de kilómetros, cabe preguntarse qué otras consecuencias puede tener el desajuste del reloj biológico en animales que viajan largas distancias.
El estudio, por ahora, no aporta datos sobre esas consecuencias más amplias: el texto se limita a plantearlas como preguntas abiertas. Lo que sí deja claro es que el «jet lag» no es un fastidio exclusivo de los viajeros humanos: las pardelas lo comparten, y se refleja en la forma de sus rutas.
Qué queda por saber
Las fuentes disponibles no detallan la magnitud en kilómetros de las desviaciones ni su desviación angular exacta, y no se han avanzado próximos pasos concretos ni nuevos trabajos previstos. La fecha exacta de publicación tampoco consta en la información disponible, que solo indica que el trabajo se dio a conocer «este jueves». Con los datos de que se dispone, el hallazgo queda establecido en su parte central: las aves se desajustan al cruzar meridianos, se desvían de su rumbo y siguen confiando en el Sol aunque tengan la costa a la vista.
Por la redacción de GUAY.news.





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