En los Kew Gardens de Londres hay una planta que lleva más de un siglo bajo el techo de cristal de la Casa Templada, un invernadero victoriano. Se llama Encephalartos woodii y es una cícada. Su enorme copa de frondes de un verde oscuro parece perfectamente sana. Aun así, puede que sea una de las plantas más solitarias de la Tierra.
Su historia ayuda a entender un cambio que ya se ve en jardines botánicos, zoológicos y centros de investigación de varios países. A medida que desaparecen los hábitats, cada vez más edificios se diseñan para proteger partes del mundo natural de los cambios ambientales que ocurren fuera. Invernaderos, terrarios, acuarios y cámaras a temperatura controlada se han convertido en refugios para especies que lo tienen difícil en su entorno original.
Es lo que algunos ya llaman arquitectura para la extinción. Su misión va más allá de construir un recinto bonito. Tiene que copiar la lluvia, la luz, el frío o la humedad que una especie necesita para seguir viva. Y, en algunos casos, para seguir reproduciéndose.
Una cícada sola desde 1895
La Encephalartos woodii se descubrió en Sudáfrica en 1895. Solo se conoce un ejemplar silvestre, y era macho. Nunca se ha encontrado una hembra. Todos los ejemplares que sobreviven hoy son clones de aquella planta original.
Dicho de otra forma: todas las Encephalartos woodii que existen comparten el origen de aquel único macho. Sin una hembra, la especie no ha podido reproducirse de la forma habitual. Ha seguido adelante gracias a la clonación y al cuidado de los jardines botánicos.
La especie está clasificada como extinta en estado silvestre. Pero no ha desaparecido. Sus descendientes siguen creciendo en colecciones botánicas de todo el mundo. Esa es la parte buena de la historia, y no es pequeña: una planta de la que solo se halló un ejemplar en la naturaleza sigue viva más de cien años después.
Kew mantiene viva su cícada desde 1899. El invernadero ha conseguido que la planta siga creciendo sana. Lo que no puede hacer es darle una pareja ni devolverle el bosque en el que vivía. De ahí surge una pregunta que apunta a una responsabilidad cada vez mayor de la arquitectura: ¿qué es exactamente lo que se ha salvado?
El filósofo ambiental Thom van Dooren ofrece una pista en su libro Flight Ways, publicado en 2014. Allí describe la extinción con esta imagen:
«El lento desenredarse de formas de vida íntimamente entrelazadas» (traducido del inglés).
La idea es sencilla. Una especie no vive aislada. Existe a través de sus relaciones con otros organismos y con los lugares que habita. Conservar un individuo es una cosa. Sostener el complejo mundo ecológico que lo mantiene es otra muy distinta. Los edificios de conservación intentan acercarse a ese segundo objetivo: recrear, hasta donde se puede, todo lo que cada especie necesita.
Montañas y selvas bajo techo
Omán reúne sus paisajes en un jardín
Al pie de las montañas Al Hajar, en Omán, está tomando forma un enorme jardín botánico. Ocupa 420 hectáreas de terreno desértico en Mascate. Lo han diseñado los estudios Grimshaw, Arup y Haley Sharpe Design.
El Jardín Botánico de Omán reunirá los variados paisajes del país. Entre ellos estarán los bosques neblinosos de Dhofar y los entornos montañosos más frescos del norte. La idea es juntar en un mismo recinto ecosistemas muy distintos que forman parte del patrimonio natural omaní.
La pieza central son dos amplios biomas de cristal. Dentro se recrearán las condiciones que necesitan algunas de las plantas autóctonas más sensibles de Omán. Para lograrlo, el proyecto combina dos herramientas:
- Sistemas de refrigeración que regulan el clima interior de los biomas.
- Un sombreado integrado que controla la intensa luz del desierto.
- Una superficie total de 420 hectáreas al pie de las montañas Al Hajar.
Lo interesante es el orden de las decisiones. Aquí no se diseña un edificio y luego se buscan plantas para llenarlo. Son las necesidades de las especies vegetales en peligro de extinción las que orientan el diseño arquitectónico. Entornos montañosos enteros se están reconstruyendo dentro de edificios.
Que un país desértico construya espacios frescos y húmedos para sus plantas más delicadas dice mucho del valor que se da a esas especies. El cristal, la sombra y la refrigeración se ponen al servicio de su supervivencia.
Lluvia a demanda para las ranas de Jersey
En el Jersey Zoo, que gestiona el Durrell Wildlife Conservation Trust en la isla de Jersey, la escala es mucho menor. Una sala corriente, forrada de terrarios de cristal, alberga hábitats tropicales en miniatura para ranas venenosas dardo.
Cada recinto mantiene las condiciones que necesitan sus habitantes. Hay aspersores y máquinas de niebla que simulan la lluvia. No es un detalle decorativo: esa lluvia es la que anima a los animales a reproducirse. Cada terrario funciona así como una pequeña selva tropical dentro de una sala de cría.
En el caso de la rana venenosa dardo de fresa, el proceso incluye un ritual extraordinario. Las madres transportan sus renacuajos a pequeños charcos de agua que se forman en las bromelias, unas plantas tropicales. Después vuelven cada cierto tiempo para alimentarlos con huevos sin fecundar.
Para que ese comportamiento salga adelante en cautividad, el entorno tiene que ofrecer lo mismo que el bosque: plantas que guarden agua, humedad y el estímulo de la lluvia. Por eso cada terrario es, en realidad, una ecología fabricada a medida.
Incluso las propias ranas cambian en estas condiciones artificiales. En sus bosques nativos, las ranas venenosas dardo adquieren su toxicidad característica a partir de los insectos que comen. En cautividad, con una dieta distinta, quedan en gran medida inofensivas.
Este detalle conecta con la pregunta de Kew. Las ranas sobreviven y se reproducen dentro de sus selvas en miniatura, y eso es un logro. Pero la química de sus cuerpos muestra hasta qué punto su biología depende del mundo que queda al otro lado del cristal.
Corales, semillas y células en reserva
Más de 225 especies de coral en acuarios
El océano también se ha convertido en objeto de conservación arquitectónica. En Port Douglas, en Queensland (Australia), el Forever Reef Project de la organización Great Barrier Reef Legacy mantiene más de 225 especies de coral en sistemas de acuarios controlados.
Para esa colección se ha propuesto un hogar permanente: el Living Coral Biobank, un biobanco de coral vivo diseñado por Contreras Earl Architecture con Arup. El proyecto imagina un edificio escultórico de hormigón inspirado en el coral hongo.
De momento es solo una propuesta y no se ha construido. Mientras tanto, las instalaciones actuales siguen funcionando con sus colonias vivas. Esas colonias permiten asomarse a un futuro en el que fragmentos de un arrecife sobreviven gracias a sistemas artificiales, aunque sus hábitats marinos originales sean cada vez más hostiles.
Más de 100 millones de semillas en espera
Otras instalaciones conservan la vida en estado latente, con la posibilidad de que vuelva a crecer más adelante. Es el caso del Australian PlantBank, en Mount Annan (Nueva Gales del Sur, Australia). Lo diseñó el estudio BVN y se terminó en 2013.
Sus fachadas de espejo reflejan la vegetación que lo rodea. Los visitantes pueden asomarse a los laboratorios de investigación. Más adentro, una cámara a temperatura controlada guarda más de 100 millones de semillas individuales.
El edificio se parece a un archivo científico, con su contenido en animación suspendida. Las semillas recogidas en hábitats amenazados pueden seguir siendo viables mucho tiempo, a la espera de condiciones que les permitan volver a crecer. Cada una es una pequeña reserva de futuro para su especie.
Un zoo congelado desde 1975
El ejemplo más llamativo está en San Diego. El Frozen Zoo (zoo congelado) de la San Diego Zoo Wildlife Alliance se fundó en 1975. Allí se conservan, en almacenamiento criogénico, células vivas de animales en peligro de extinción.
A veces esas células se guardan mucho después de que los propios animales hayan muerto. La lógica se parece a la del banco de semillas: guardar hoy lo que quizá pueda servir mañana. Es material biológico vivo que sigue a disposición de la ciencia aunque el animal del que procede ya no exista.
Qué se salva y qué viene ahora
Todos estos proyectos comparten una idea. Cuando un hábitat se degrada o desaparece, la arquitectura puede ofrecer un refugio. Un invernadero victoriano, un bioma en el desierto, una sala de terrarios, un acuario o una cámara a temperatura controlada cumplen la misma función: ganar tiempo para especies que, sin ellos, lo tendrían mucho más difícil.
Los resultados ya se pueden medir:
- La cícada de Kew sigue viva desde 1899 y sus clones crecen en colecciones botánicas de todo el mundo.
- Las ranas venenosas dardo se reproducen en los terrarios del Jersey Zoo gracias a la lluvia simulada.
- Más de 225 especies de coral se mantienen en acuarios controlados en Port Douglas.
- Más de 100 millones de semillas esperan su momento en el Australian PlantBank.
- El Frozen Zoo de San Diego guarda células vivas de animales amenazados desde 1975.
También hay límites, y los propios casos los muestran. El invernadero no puede dar pareja a la cícada ni devolverle su bosque. Las ranas pierden su toxicidad porque comen otra cosa. Los corales viven en acuarios mientras su medio original se vuelve más hostil. Como recuerda van Dooren, cuidar a un individuo no equivale a sostener todo el entramado de relaciones del que forma parte.
Reconocer esos límites no resta valor al trabajo. Al contrario: explica por qué los nuevos proyectos intentan recrear ecosistemas cada vez más completos. En Omán no se trata de guardar plantas sueltas, sino de reconstruir paisajes enteros dentro de los biomas. En Jersey, lo que se copia es la lluvia que desencadena la reproducción.
Lo que viene ahora pasa por varios frentes. El Jardín Botánico de Omán sigue tomando forma en sus 420 hectáreas al pie de las montañas Al Hajar. El Living Coral Biobank espera a dejar de ser una propuesta para dar un hogar permanente a la colección de corales de Port Douglas. Y bancos como el de Mount Annan o el zoo congelado de San Diego siguen guardando semillas y células para el futuro.
La pregunta que lanza la cícada de Kew sigue abierta. Mientras se busca la respuesta, estos edificios mantienen vivas especies que de otra forma lo tendrían muy difícil. Y conservan la posibilidad de que, cuando las condiciones lo permitan, vuelvan a crecer.
Preguntas frecuentes
¿Por qué la cícada de Kew es la planta más solitaria del mundo?
La Encephalartos woodii se descubrió en Sudáfrica en 1895 y solo se conoce un ejemplar silvestre, que era macho. Nunca se ha encontrado una hembra y todos los ejemplares que sobreviven son clones de aquella planta. Kew la mantiene viva desde 1899.
¿Qué tendrá el Jardín Botánico de Omán?
Ocupará 420 hectáreas de terreno desértico al pie de las montañas Al Hajar y reunirá paisajes como los bosques neblinosos de Dhofar. Tendrá dos biomas de cristal con refrigeración y sombreado integrado para plantas autóctonas sensibles.
¿Cuántas semillas guarda el Australian PlantBank?
Su cámara a temperatura controlada, en Mount Annan (Australia), guarda más de 100 millones de semillas individuales. El edificio lo diseñó el estudio BVN y se terminó en 2013.
¿Qué es el Frozen Zoo de San Diego?
Es una instalación de la San Diego Zoo Wildlife Alliance fundada en 1975 que conserva en almacenamiento criogénico células vivas de animales en peligro de extinción, a veces mucho después de que los animales hayan muerto.
Por la redacción de GUAY.news.





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