Cuando Helen Hobbs estudió el genoma de miles de vecinos del condado de Dallas, descubrió algo que acabaría cambiando la cardiología: las personas con una mutación natural en el gen PCSK9 mantenían niveles insólitamente bajos de colesterol LDL, el llamado «colesterol malo». Esa condición les confería una protección casi absoluta frente a los infartos.
Aquel hallazgo, realizado a principios de este siglo, sirvió de base a una nueva categoría de fármacos que ha transformado el tratamiento cardiovascular en la última década. Hobbs, genetista nacida en Boston en 1952, estuvo en Madrid para recoger el Premio Internacional de Ciencias Médicas Doctor Juan Abarca y habló del presente y del futuro de esos medicamentos: de por qué tardaron en llegar a los pacientes y de lo que viene ahora, con la vía oral y los inyectables de larga duración.
Eficaces, pero difíciles de conseguir
Los primeros anticuerpos monoclonales dirigidos contra esta diana fueron desarrollados por Amgen y Regeneron. Reducían el LDL entre un 50 % y un 60 % y se administraban mediante una inyección cada dos o cuatro semanas. Sin embargo, su impacto real quedó lejos de lo esperado. «Siguen siendo demasiado difíciles de conseguir. La realidad es que no han tenido el impacto clínico que todos habíamos previsto», admite la genetista.
Según Hobbs, en Estados Unidos apenas se utilizaron al principio por su precio elevado y porque las aseguradoras no querían pagarlos. Estas impusieron además trabas burocráticas que obligaban a los médicos a rellenar una cantidad desmesurada de trámites para prescribirlos. A ello se sumó que los ensayos clínicos iniciales fueron relativamente cortos, lo que hizo menos espectacular la cifra de reducción de eventos cardiovasculares.
Contexto
El tratamiento del colesterol es crónico: debe mantenerse durante años o décadas. Por eso la adherencia, es decir, que el paciente siga el tratamiento, es uno de sus principales problemas. Hobbs lo resume así: «A la gente le cuesta asumir que se trata de un tratamiento crónico para toda la vida, no de un antibiótico que tomas unos días hasta curarte, por lo que a algunos les convence más una inyección periódica». En ese terreno entra el inclisirán, un inyectable basado en ARN de interferencia (ARNpi) que se administra una vez cada seis meses.
La situación ha mejorado con el tiempo. «Algo ha cambiado, sí, sobre todo porque las farmacéuticas terminaron rebajando los precios», explica Hobbs, lo que facilitó que empezaran a tomarlos los pacientes con intolerancia a las estatinas o aquellos que no lograban alcanzar sus objetivos de LDL.
El inclisirán, con todo, también tropezó con obstáculos en Estados Unidos. Debía administrarse en un centro médico para que el profesional pudiera facturar el acto, algo que, según la entrevistada, tuvo el efecto contrario al esperado. Hobbs apunta además que la extensión de los GLP-1 para perder peso o tratar la diabetes ha acostumbrado a mucha gente a autoinyectarse, lo que puede favorecer este tipo de tratamientos.
La píldora que viene
La gran esperanza está en la vía oral. La FDA, la agencia estadounidense del medicamento, ya ha aprobado la píldora desarrollada por Merck, y la compañía ha asegurado que le fijará un precio mucho más razonable. «La vía oral va a tener un impacto enorme porque los pacientes se sienten muy cómodos tomando una pastilla», sostiene Hobbs.
AstraZeneca, por su parte, tiene en desarrollo una pequeña molécula que, según la entrevistada, parece ser extraordinariamente eficaz y muy bien tolerada. Todavía no está aprobada por la FDA. No consta una fecha concreta para la llegada de estos nuevos fármacos, pero Hobbs cree que transformarán el tratamiento al mejorar la comodidad y la adherencia.
Inflamación, GLP-1 y dieta
La entrevista abordó también otras vías contra el riesgo cardiovascular. La genetista reconoce el papel de la inflamación en la enfermedad: «La inflamación forma parte indudable de la aterosclerosis, de eso no hay duda». Matiza, no obstante, que «la inflamación, en su justa medida, es un mecanismo de defensa y curación de nuestro propio organismo». Los ensayos que combaten la inflamación directamente con antiinflamatorios no han obtenido resultados tan contundentes como la reducción del LDL, y han aparecido efectos secundarios.
Los GLP-1 reducen la inflamación de forma indirecta: pueden revertir la diabetes, bajar la presión arterial y aplacar la respuesta inflamatoria asociada a estas patologías. Para Hobbs, «suponen una adición maravillosa a la terapia hipolipemiante, un complemento sensacional, pero en ningún caso sustituyen a la necesidad de bajar el colesterol».
¿Y la dieta? Según la genetista, una dieta muy estricta mantenida durante mucho tiempo reduce el LDL entre un 15 % y, como mucho, un 20 %, sin contar la pérdida de peso; se trata de una estimación suya, no de un estudio citado. Por eso lo tiene claro: «En adultos necesitamos recurrir a los fármacos». Para que la alimentación tuviera un impacto real habría que empezar desde la infancia con dietas muy bajas en grasas saturadas, algo que ve poco realista: «Al menos en Estados Unidos le puedo asegurar que nadie está dispuesto a quitarles la pizza a los niños». Mientras tanto, el colesterol aumenta progresivamente con la edad en Europa y Estados Unidos por el patrón de alimentación.
Por la redacción de GUAY.news.





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