En las remotas y majestuosas montañas del macizo del Altái, en Mongolia, los kazajos nómadas continúan un estilo de vida ancestral marcado por las estaciones. A finales de agosto, familias como las de Tauekel, Koke y Aishuah se preparan para afrontar los cambios de su entorno natural, manteniendo firmemente unas tradiciones que han pasado de generación en generación en esta región fronteriza con China, próxima al lago Khurgan y al valle del Tsagaan Salaa.
Cetrería y migraciones estacionales
Uno de los pilares fundamentales de esta comunidad es la cetrería con águilas reales, un arte milenario profundamente ligado a su identidad. Estas aves rapaces, que alcanzan un peso actual de unos cinco kilos y un potencial de hasta diez kilos, son criadas y entrenadas con un respeto absoluto. Junto a esta práctica, los pastores realizan migraciones estacionales guiando a su ganado por valles y mesetas, habitando en las tradicionales yurtas o ger, viviendas circulares diseñadas para soportar con eficacia las duras condiciones climáticas de la zona y las nevadas que aparecen a partir de unos 3.000 metros de altura.
Un patrimonio milenario
El territorio que habitan atesora además una riqueza histórica incalculable. En el valle del Tsagaan Salaa se extienden unos 15 kilómetros cuadrados de arte rupestre con petroglifos cuya antigüedad se estima en once mil años, un testimonio mudo de la presencia humana en estas latitudes desde tiempos remotos. Lugares como el glaciar Potanin completan un paisaje imponente donde la historia geológica y cultural caminan de la mano.
Este modo de vida singular se enfrenta actualmente al reto de la transición hacia la modernidad, impulsada principalmente por la migración de los jóvenes hacia la capital del país, Ulan Bator. A pesar de estos cambios, la pervivencia de familias y patriarcas dedicados a la ganadería y al cuidado de las águilas garantiza, por el momento, la continuidad de una cultura única en el corazón de Asia.
Por la redacción de GUAY.news.





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