Con solo 20 años, Irene Vila ha hecho algo que a muchos les parece un sueño y a otros una locura: comprar por 9.000 euros una casa antigua en un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca. No lo ha hecho para revenderla ni para especular, sino para recuperar un lugar al que siempre quiso volver.
La vivienda necesita mucho trabajo. Irene calcula que la rehabilitación completa le llevará entre tres y cuatro años y la afronta sin prisa y sin préstamos, pagando los gastos poco a poco. «Yo no tengo prisa, estoy disfrutando del proceso y cada vez tengo más ganas de ver mi casita como la soñé», cuenta.
Su historia, que comparte en redes sociales, ha despertado interés y también algún comentario crítico. Detrás hay una mezcla de nostalgia familiar, buen ojo para negociar y una buena dosis de paciencia.
Un pueblo que lleva el nombre de su abuela Tere
La elección del lugar no fue casual. Irene eligió ese pueblo porque era el de su abuela materna, Tere, ya fallecida, donde pasó numerosos veranos de su infancia junto a sus hermanos. Allí se concentran recuerdos que, según explica, no ha querido dejar escapar.
El texto de origen no indica el nombre del municipio, pero sí cómo lo describe ella: «Es un pequeño pueblo de muy pocos habitantes que siempre tendrá algo especial para mí». Esa conexión emocional es lo que distingue su operación de una simple compra inmobiliaria.
La intención de Irene, subraya, nunca fue adquirir una vivienda para revenderla. Lo que buscaba era regresar a un sitio querido y poder tener allí su propio rincón, una casa en la que pasar temporadas y, en el futuro, compartir tiempo con su propia familia.
Las claves de la historia
- Precio de compra: 9.000 euros.
- Compradora: Irene Vila, valenciana de 20 años.
- Lugar: un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca.
- Motivo: era el pueblo de su abuela materna, Tere.
- Plazo estimado de la reforma: entre tres y cuatro años.
- Financiación: poco a poco, sin préstamos.
Una negociación que «no fue nada sencilla»
Conseguir ese precio no resultó fácil. «La negociación no fue nada sencilla», recuerda Irene. Los antiguos propietarios llevaban años intentando vender la casa, pero no habían aceptado las ofertas que habían recibido hasta entonces.
Dos factores jugaron a su favor. El primero fue el estado de la vivienda: «La vivienda necesitaba una reforma importante y eso me ayudó a negociar el precio». El deterioro del inmueble fue determinante para alcanzar el acuerdo.
El segundo fue la competencia. En el mismo pueblo había otra casa a la venta por una cantidad similar y en mejores condiciones. Esa alternativa le permitió defender su propuesta económica ante los vendedores y cerrar la compra en los términos que buscaba.
Limpiar a fondo antes de tocar nada
Una vez formalizada la compra, Irene no se lanzó de inmediato a las obras. Su primer paso fue limpiar a fondo las habitaciones, que llevaban mucho tiempo cerradas y habían acumulado polvo, hojas y suciedad.
Tenía un objetivo claro: poder entrar y disfrutar del espacio antes de comenzar la rehabilitación. Antes de convertirla en una obra, quiso vivir la casa tal como estaba y empezar a sentirla suya.
Es un gesto sencillo, pero revela el espíritu del proyecto: más que transformar un edificio, Irene quiere reencontrarse con un lugar, y por eso empezó por abrirlo, ventilarlo y recorrerlo.
El tejado, primero: «las casas se hunden por ahí»
La primera gran intervención fue la más urgente: sustituir el tejado. La cubierta original, construida con cañizo y tejas, presentaba agujeros por los que entraba el agua de lluvia, lo que suponía un riesgo para la conservación del edificio.
Irene sigue una máxima que, según cuenta, repiten en el pueblo: «En el pueblo siempre dicen que las casas se hunden por el tejado, así que hay que empezar las casas por ahí». Con el agua dentro, cualquier otra mejora podía echarse a perder.
Hoy la casa ya cuenta con un tejado nuevo, un paso que protege el resto de la obra y marca el verdadero arranque de la rehabilitación.
Pocos albañiles y mucha paciencia
Reformar en un pueblo pequeño tiene sus particularidades. Irene explica que encontrar profesionales es complicado: «Veo que en los pequeños pueblos hay pocos albañiles y están tan saturados de trabajo que a veces hasta rechazan hacerlo, o bien tienes que tener tiempos largos de espera».
Por eso reparte el trabajo. Los especialistas se encargan de las intervenciones más complejas, mientras que ella realiza personalmente tareas como pintar, acondicionar el jardín o preparar algunas paredes. Es una forma de avanzar sin depender siempre de los plazos ajenos.
La experiencia, asegura, le ha cambiado también por dentro: «La reforma me ha hecho entrenar mi paciencia, enfrentarme a críticas, opiniones y personas que lo harían diferente a mí». Esas opiniones llegan sobre todo a través de las redes sociales, donde comparte los avances.
Lo que ya está hecho y lo que falta
Hasta ahora, además del tejado nuevo, se han construido las escaleras de la planta inferior y se han pintado distintas zonas de la casa. Son avances modestos pero visibles en un proyecto pensado para el largo plazo.
Quedan pendientes la instalación eléctrica, la sustitución de la puerta principal y el cambio de una ventana. Irene prevé afrontar esos gastos poco a poco, sin solicitar préstamos que puedan comprometer su economía.
Qué falta por hacer
- Instalación eléctrica.
- Sustitución de la puerta principal.
- Cambio de una ventana.
Con el tejado y las escaleras de la planta inferior ya terminados, la reforma completa podría alargarse entre tres y cuatro años.
Al final del camino, Irene espera tener una casa donde pasar temporadas y, algún día, compartir tiempo con su propia familia. Mientras tanto, disfruta del proceso paso a paso.
Por la redacción de GUAY.news.





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