En Boltaña, un pequeño pueblo del Pirineo aragonés, un niño tiene carné de lector antes de saber siquiera que existen los libros. La bibliotecaria se entera de que ha nacido, habla con sus padres y le envía el carné por carta. Después, lo más importante: que vengan.
Esa costumbre es la última rama de una historia que arranca en 1949. La biblioteca municipal, fundada por el maestro Enrique Muñoz, es una de las más antiguas de Aragón y se sitúa entre los lugares con mayor uso de servicios bibliotecarios del país, según los datos de los que dispone esta información sobre municipios pequeños.
Detrás de los números hay un relato que mezcla un traslado forzoso, 700 libros reunidos a base de peticiones, clases nocturnas en las casas de los vecinos y cuatro décadas de una bibliotecaria que conoce los gustos de cada lector. Esta es la crónica de cómo una sala de libros se convirtió, en palabras de quienes la usan, en parte de la vida del pueblo.
Un maestro llega a un pueblo de difícil acceso
En el verano de 1949, Enrique Muñoz sufrió un traslado forzoso por parte de las autoridades franquistas y fue destinado a Boltaña. Llegó con su familia, con pocos recursos y con su pasión por los libros. El traslado forzoso aparece en la información como dato de contexto, sin más desarrollo sobre sus causas.
El pueblo no se lo ponía fácil. El acceso, por carreteras escarpadas y sinuosas, hacía que los libros llegaran con cuentagotas. Quien quisiera leer en aquel Pirineo tenía que armarse de paciencia, porque cada volumen tardaba en llegar a los lectores.
El maestro decidió no esperar. Pidió libros a librerías, a conocidos y a los propios vecinos, y fue reuniendo ejemplares hasta sumar 700. Junto a Antonio Sallán, otro funcionario del Ayuntamiento, fundó la biblioteca del pueblo. Ese fondo inicial tenía un valor que la bibliotecaria Concepción Puyol, conocida como Conchi, subraya: «Entre esos libros había muchas primeras ediciones, son tesoros».
Historiadores, fotógrafos y una ventana al mundo
La biblioteca no solo sirvió a los vecinos. Tras su fundación, llegaron a Boltaña historiadores y fotógrafos procedentes de Francia y de España, que se reunían en sus salas. Conchi lo recuerda así: «Al fundarse la biblioteca venía mucha gente, historiadores, fotógrafos… Venían de Francia y de España y se reunían aquí, en la biblioteca de Boltaña».
Para los habitantes del pueblo, el cambio fue profundo. La apertura de la biblioteca hizo que aprendieran a descifrar el contenido de los libros, y Conchi lo resume con una imagen: «Nos abrió una ventana al mundo».
Esa ventana no se abrió solo con estanterías. El maestro llevó su tarea más lejos y, por las noches, después de cenar, visitaba las casas de algunos vecinos para enseñarles a leer y a escribir. Su nieta, Teresa Mayoral, lo cuenta con orgullo:
«Hay vecinos del pueblo que todavía se acuerdan de mi abuelo. Dicen que por la noche, después de cenar, se acercaba a sus casas para enseñarles a leer y a escribir. Y en aquella época, con el grado de analfabetismo que había en España, era todo un logro».
Teresa Mayoral, nieta de Enrique Muñoz
Del sótano del Ayuntamiento a las antiguas escuelas
En 1958, el maestro fue destinado a Zaragoza, pero su labor continuó. Hasta entonces, la biblioteca ocupaba los bajos del Ayuntamiento. Después se trasladó a las antiguas escuelas del pueblo, un edificio de 1840 hoy reconvertido en Casa de la Cultura. No consta la fecha exacta de ese cambio, solo que fue posterior a 1958.
El siguiente salto llegó en 1986. Tras aprobar Concepción Puyol un concurso municipal, la biblioteca amplió su horario: de apenas dos horas diarias pasó a siete, abriendo por la mañana y por la tarde. Desde entonces, Conchi es la heredera de aquel legado, un papel que ejerce desde hace 40 años. La información no precisa si esa cifra coincide con la fecha del concurso.
Boltaña, en tres fechas
- Verano de 1949: Enrique Muñoz llega a Boltaña tras un traslado forzoso y comienza a reunir libros.
- 1958: el maestro es destinado a Zaragoza; la biblioteca pasa de los bajos del Ayuntamiento a las antiguas escuelas.
- 1986: el horario crece de dos a siete horas diarias, con apertura de mañana y tarde.
Lo que dicen los datos sobre los pueblos pequeños
Los datos sobre el uso de las bibliotecas sitúan a los municipios de menos de 2.000 habitantes por delante de las grandes ciudades, tanto en préstamos como en afluencia presencial. En los pueblos pequeños se registran 1,16 préstamos por vecino al año y 2,44 visitas por persona. En las ciudades de más de 100.000 habitantes, las cifras son 0,99 préstamos y 2,12 visitas.
1,16 préstamos por vecino al año en municipios de menos de 2.000 habitantes, frente a 0,99 en ciudades de más de 100.000 habitantes.
2,44 visitas por persona en municipios de menos de 2.000 habitantes, frente a 2,12 en ciudades de más de 100.000 habitantes.
Roberto Soto, coordinador del Plan de Atención al Medio Rural del Consejo de Cooperación Bibliotecaria (CCB), ofrece una explicación. Según él, el usuario de una gran urbe suele hacer un uso más práctico e individualizado, mientras que en un pueblo el valor del préstamo está en el prescriptor, es decir, en quien recomienda el libro:
«El principal servicio de una biblioteca pública, especialmente de las de proximidad, que son las rurales, no es el préstamo: es la recomendación. Tenemos demostrado con la experiencia que cuando un bibliotecario te recomienda un libro no siempre le haces caso, pero a un bibliotecario de pueblo, sí. ¿Por qué? Porque si no es un amigo, está cerca de serlo».
Roberto Soto, coordinador del Plan de Atención al Medio Rural del CCB
Conchi lo practica a diario y lo explica sin misterio: «La recomendación de libros es pura psicología. Según el que se llevan la primera vez, ya voy sabiendo cuáles les van a gustar. Siempre me preguntan: «Oye, ¿y este qué tal? ¿Me puedes recomendar otro?»».
Entre los títulos que, según ella, nunca fallan están Cien años de soledad, cualquiera de los cómics de Paco Roca, Hierba, Tintín, Geronimo Stilton y El pollo Pepe.
Lectores desde la cuna
La apuesta de Boltaña tiene un público claro: el más pequeño. El público infantil es el que encuentra el catálogo más amplio y los niños son los que más acuden a la biblioteca.
Conchi lo explica con una mirada a largo plazo:
«Casi el 60% de las subvenciones que me dan son para libros infantiles y juveniles porque creo que son los lectores que vendrán dentro de cinco, seis o siete años. Hago todo lo posible para que ellos estén a gusto en la biblioteca».
Concepción Puyol (Conchi), bibliotecaria
De ahí nace el carné de nacimiento. «Cada niño que nace tiene ya el carné. En cuanto me entero de que ha nacido, hablo con los papás y se lo mando por carta. Y lo más importante, luego vienen, ¿eh?». La información no indica cuántos niños reciben el carné al nacer ni cuántos se han enviado.
Lola, vecina de Boltaña, lo ha vivido con su hija: «Cuando tuve a mi primera hija, no dejé de ir a la biblioteca, me acuerdo de ella gateando por las estanterías. Poco a poco empezó a hablar y Conchita enseguida la puso en la alfombra y le empezó a leer cuentos».
Una biblioteca que es casa
Para Lola, la biblioteca es mucho más que un servicio: «Para nosotros es un lujo, forma parte de nuestra vida. Ir a buscar los libros, ver a Conchita, comentar con otros vecinos lo que se están leyendo… Es como un poco estar en casa también».
Conchi comparte esa idea de comunidad: «Para mí es tan importante que los vecinos puedan venir, que lean… Se crea un ambiente más humano». Y va más allá: «Sin la biblioteca dejaríamos de ser nosotros».
Soto lo enmarca en un fenómeno más amplio del medio rural: «En nuestro medio rural cuanto más pequeña es la población, más desasistida está y más carente de servicios. Sin embargo, la biblioteca es un servicio que permanece leal a la comunidad, se convierte como en su alma, fortalece las relaciones entre sus miembros».
El legado llega a la cuarta generación
La historia cierra un círculo con la familia del fundador. Teresa Mayoral visitó recientemente la biblioteca con su sobrino, bisnieto de Enrique Muñoz. El niño se sentó en el suelo, cogió un libro y se puso a leer.
«Fue muy emocionante porque el crío se sentó allí, cogió un libro y se puso a leer. Yo me emocioné muchísimo, porque dices: «ahí está disfrutando de la herencia de ese gran hombre que fue mi abuelo»».
Teresa Mayoral, nieta de Enrique Muñoz
La biblioteca que fundó un maestro llegado a Boltaña con pocos recursos sigue abierta, con la misma lógica: acercar los libros a cada vecino, desde el primer día de su vida.
Por la redacción de GUAY.news.





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