Las rocas del asteroide Bennu se calientan mucho cuando les da el Sol y se enfrían a toda velocidad cuando cae la noche. Ese comportamiento, que llevaba años sin explicación, parece tener por fin una causa: la red de fracturas que atraviesa el interior de las rocas. Así lo sugieren científicos de la Universidad de Arizona tras analizar las muestras que la sonda OSIRIS-REx de la NASA trajo a la Tierra.
El hallazgo no solo aclara un enigma concreto sobre Bennu. También obliga a mirar con más cautela la forma en que se interpretan los datos térmicos de los asteroides que se estudian a distancia.
Un comportamiento térmico que no cuadraba
El primer aviso llegó en 2007. Ese año, el telescopio Spitzer midió el comportamiento térmico de Bennu y mostró que el asteroide se calienta mucho cuando está expuesto a la radiación solar y se enfría igual de rápido por la noche. Los científicos no sabían explicar por qué.
Ese tipo de respuesta térmica no es extraña en la Tierra: se observa en zonas cubiertas por roca fina, como la arena de playa. La arena se calienta y se enfría deprisa porque tiene una inercia térmica baja, es decir, cambia de temperatura con facilidad. El problema es que, en el caso de Bennu, el asunto no encajaba con lo que se sabía de su superficie.
En 2018 llegó a Bennu la sonda OSIRIS-REx y la incoherencia se hizo más evidente. La nave encontró una orografía complicada, con rocas de gran tamaño, lo que además dificultó la toma de muestras. Y esas rocas grandes tenían una inercia térmica similar a la de la arena de playa, algo que no era lo esperable para bloques de ese tamaño.
La misión de OSIRIS-REx era, en origen, recoger muestras del asteroide. Pero los científicos contaron con un motivo añadido para estudiarlas: averiguar por qué aquellas rocas se enfriaban tan rápido.
Porosidad, fracturas y un láser
Una vez en laboratorio, las muestras de roca traídas a la Tierra revelaron dos rasgos clave. Por un lado, están compuestas por un material muy poroso. Por otro, presentan una red extensa de fracturas que atraviesan su interior.
Para comprobar que la incoherencia no se debía a un fallo en las mediciones de Spitzer, el equipo recurrió a la termografía lock-in. La prueba consiste en exponer a un láser una parte de la muestra y estudiar cómo se propaga el calor a su alrededor. Con esta técnica puede calcularse la inercia térmica de partículas diminutas, algo que no se puede hacer con un termómetro convencional.
El resultado fue claro: la inercia térmica obtenida en el laboratorio es más o menos la misma que la medida con el Spitzer. Es decir, las mediciones del telescopio eran correctas y lo que había que explicar era otra cosa.
Ahí entraron las simulaciones por ordenador a escala de bloque. Los modelos mantienen la inercia térmica observada y señalan a las fracturas como responsables del enfriamiento acelerado. Según el planteamiento del estudio, las fracturas, la porosidad y otros factores influyen en la inercia térmica, de modo que no basta con tomar el dato de un telescopio y aplicarlo sin más.
La historia detrás: de 2007 a las muestras de 2018
Este resultado es la suma de dos momentos separados por más de una década. En 2007, el telescopio Spitzer midió desde lejos un comportamiento térmico que nadie sabía explicar. En 2018, OSIRIS-REx llegó al asteroide y se encontró con rocas grandes que se comportaban como si fueran arena de playa. La incoherencia entre lo que se esperaba y lo que se medía fue precisamente lo que motivó el análisis de las muestras.
La clave estuvo en poder tener el material en la Tierra. Hasta ahora, lo habitual era extrapolar directamente los datos de inercia térmica obtenidos por telescopios y sondas al tamaño de las rocas de un objeto. El caso de Bennu muestra que ese atajo puede ser engañoso, porque intervienen más factores que el tamaño del bloque.
No es un logro al alcance de cualquiera. Solo OSIRIS-REx y las sondas japonesas Hayabusa-1 y Hayabusa-2, que visitaron los asteroides Itokawa y Ryugu, han conseguido tomar muestras de un asteroide. Por eso cada fragmento traído a la Tierra tiene tanto valor científico.
Qué viene ahora
Según el análisis, los datos de inercia térmica de telescopios y sondas no deben extrapolarse directamente al tamaño de las rocas, y hará falta tomar más datos para afinar. Cuantas más muestras se analicen, mejor se podrán estudiar los parámetros que conforman la inercia térmica.
Hay motivos para pensar que esas muestras llegarán. Se espera que en el futuro la toma de muestras de asteroides sea más frecuente. La sonda china Tianwen-2 pretende tomar muestras del asteroide Kamo’oalewa, aunque aún no ha regresado de su viaje.
Queda también trabajo por detallar: los hechos conocidos no concretan los valores numéricos de la inercia térmica medida ni la publicación del estudio de la Universidad de Arizona. Con todo, el mensaje de fondo ya es nítido: para entender de verdad un asteroide hace falta mirar dentro de sus rocas, y a veces la respuesta a un misterio de años está en una grieta.
Por la redacción de GUAY.news.





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