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Ciencia

Ciencia y política en STARMUS: claves para decidir con evidencia

En STARMUS VIII, en Tenerife, expertas proponen cómo llevar la ciencia sólida y bien explicada a las decisiones públicas.

Panel de expertos debatiendo sobre un escenario ante el público en un festival de ciencia en Tenerife

¿Qué información necesita un responsable público para decidir en plena emergencia? ¿Y cómo se actúa cuando la ciencia todavía no tiene todas las respuestas? Esas dos preguntas centraron uno de los encuentros de STARMUS VIII, el festival internacional que celebra en Canarias su octava edición. El panel se tituló Science Under Pressure: When Evidence Meets Politics, en español «La ciencia bajo presión: cuando la evidencia se encuentra con la política», y tuvo lugar en Tenerife.

El debate dejó un mensaje práctico y constructivo. Las decisiones públicas deben apoyarse en evidencia sólida, sin esperar a tener certezas absolutas y conviviendo de forma honesta con la incertidumbre. Para lograrlo, los participantes pusieron sobre la mesa propuestas concretas. Hay que proteger la calidad de la ciencia, vigilar los sesgos y traducir los datos a un lenguaje que entiendan los gestores políticos. También se propuso crear comités y estructuras estables que integren a científicos del sector público y del privado.

Un festival para las grandes preguntas

STARMUS es un festival internacional que combina ciencia, exploración espacial, música y arte. Su propuesta es invitar a reflexionar sobre algunas de las grandes preguntas de nuestro tiempo. La octava edición lleva por lema The Search for Truth, «La búsqueda de la verdad». Su programa reúne a científicos, exploradores y voces de ámbitos muy distintos.

Dentro de ese programa, el panel sobre ciencia bajo presión se dedicó a explorar la relación entre la ciencia, las instituciones y la sociedad. El objetivo era examinar cómo se utiliza el conocimiento científico cuando llega el momento de tomar decisiones públicas. Es decir, qué pasa con los datos cuando salen del laboratorio y llegan a un despacho donde alguien tiene que firmar una medida.

El cartel reunió perfiles con mucha experiencia en esa frontera. Moderó el escritor y divulgador científico Philip Ball. Con él participaron:

  • Christiana Figueres, referente internacional de la diplomacia climática y figura clave en las negociaciones del Acuerdo de París.
  • Jane Lubchenco, científica marina y primera mujer en dirigir la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA).
  • La doctora Jacqueline Miller Holt, toxicóloga y vicepresidenta de Asuntos Científicos y Regulatorios de JTI.

Antes del debate intervino Anselmo Pestana, delegado del Gobierno en Canarias y expresidente del Cabildo de La Palma. Su papel fue aportar la experiencia de quien ha tenido que gestionar emergencias reales, con la presión del tiempo y la responsabilidad de proteger a la población.

La Palma: cuando los datos ayudan a salvar vidas

Pestana abrió el encuentro con tres episodios que conoce de primera mano: la pandemia de COVID-19, el gran incendio forestal de La Palma de 2016 y la erupción volcánica de 2021. Los tres tienen algo en común. En todos ellos, las instituciones tuvieron que tomar decisiones con la información científica disponible en cada momento. Su conclusión fue sencilla:

«Estoy convencido de que la ciencia ayuda a salvar vidas».

Lo explicó con ejemplos concretos. Durante el incendio de 2016, la información meteorológica permitió elevar el nivel de la emergencia. Gracias a eso se pudo incorporar más capacidad y más recursos. Entre ellos llegaron la Unidad Militar de Emergencias y medios aéreos que el Cabildo no podía movilizar por sí solo.

Cinco años después llegó la erupción. En 2021, los datos científicos fueron determinantes para anticipar evacuaciones antes de que el volcán entrara en actividad. También sirvieron para gestionar los riesgos durante los 85 días de actividad volcánica. En ambos casos, la ciencia ofreció a los responsables una base sobre la que decidir rápido y con criterio.

El caso de La Palma permitió aterrizar una idea que después recorrió todo el panel. La ciencia no siempre ofrece certezas definitivas. Evoluciona, incorpora información nueva y corrige sus conclusiones cuando hace falta. Mientras tanto, las instituciones tienen que actuar. Según se planteó en el debate, la clave está en saber qué indica la evidencia, cuáles son sus límites y cómo trasladar esa información a decisiones comprensibles y útiles para la sociedad.

Ciencia y política forman parte del mismo camino

Christiana Figueres pidió evitar una tentación habitual: presentar la ciencia y la política como dos mundos independientes que apenas se tocan.

«No deberíamos caer en el pensamiento simplista de que la ciencia está aquí y la política allí».

Para Figueres, cada parte tiene su tarea. A la política no le corresponde determinar qué debe decir la ciencia. Le corresponde ocuparse de las condiciones sociales que permiten aplicar las recomendaciones científicas. Y, sobre todo, decidir cómo convertir esas recomendaciones en actuaciones deseables, posibles y relevantes para la sociedad.

Jane Lubchenco aportó una mirada de conjunto. Describió la ciencia como un sistema complejo en el que interactúan varios actores: los investigadores, los organismos que financian la investigación, las instituciones, quienes usan el conocimiento científico para tomar decisiones y quienes defienden su integridad.

Un sistema así, defendió, necesita controles y contrapesos. Sirven para protegerlo cuando alguno de sus elementos falla. También sirven para evitar que los intereses de un solo actor condicionen el conjunto. Su planteamiento encaja con el de Figueres: la buena ciencia no funciona aislada, sino dentro de una red de personas e instituciones que se vigilan y se complementan.

Tres claves para que la evidencia sea útil

La doctora Jacqueline Miller Holt centró su intervención en lo que ocurre antes de que la ciencia se convierta en una norma o en un plan público. Sus propuestas se pueden ordenar en tres pasos.

1. Comprobar que la evidencia es sólida

Antes de preguntarse cómo convertir la ciencia en política pública hay una cuestión previa: saber si la evidencia sobre la que se va a decidir es lo bastante sólida para respaldar esa decisión. Miller Holt puso el foco justo ahí.

«Hay que proteger la calidad de la ciencia».

Para valorar la solidez de la información científica, señaló varios elementos que conviene revisar:

  • Si los estudios siguen estándares o directrices reconocidos.
  • Si han sido sometidos a revisión por pares.
  • Si existen posibles sesgos.

También defendió la utilidad de reunir perspectivas diferentes. Propuso paneles o comités en los que participen científicos del sector público y del privado, junto con profesionales que conocen de primera mano los problemas que la ciencia trata de explicar. Ese tipo de grupos, explicó, ayuda a mantener el foco sobre la evidencia científica.

Su planteamiento introduce una distinción importante. La confianza en una evidencia no debería depender únicamente de quién la produce. Debería depender de la calidad de la ciencia que sostiene sus conclusiones. El objetivo es que los resultados se valoren por su solidez y no solo por el origen de los estudios.

2. Traducir la ciencia a un lenguaje comprensible

Superada esa primera barrera aparece otra. Miller Holt señaló que con frecuencia existe una desconexión entre la ciencia y el responsable político. Una evidencia puede ser rigurosa y, aun así, quedarse sin aplicar porque no se entiende bien.

«La ciencia tiene que traducirse en algo que pueda entenderse».

Para que una evidencia resulte útil, quien debe convertirla en política necesita comprender el mensaje científico, sus implicaciones y las consecuencias de ignorarlo. No basta con enviar datos. Hay que explicar qué significan y qué puede pasar si se actúa, o si no se actúa, a partir de ellos. Producir conocimiento y tomar una decisión pública son partes de un mismo recorrido, pero funcionan con lenguajes, tiempos y necesidades diferentes.

3. Hablar con honestidad de la incertidumbre

La incertidumbre añade otra dificultad. La evidencia puede cambiar a medida que aparecen nuevos datos. Según se defendió en el panel, eso no debería interpretarse automáticamente como una contradicción o como un fracaso de la ciencia. Miller Holt propuso una manera clara de comunicarlo:

«Con la información disponible en este momento, esta es la conclusión y esta es la incertidumbre».

Reconocer los límites del conocimiento no impide llegar a una conclusión lo bastante sólida para actuar. Jane Lubchenco recordó una fórmula que usó Anthony Fauci durante la pandemia para explicar cómo evolucionaba el conocimiento: «A día de hoy, esto es lo que sabemos». La expresión permite comunicar una conclusión sin ocultar que puede cambiar cuando llegue información nueva.

Christiana Figueres lo resumió en una frase corta: «La ciencia no es binaria». Su integridad, explicó, depende precisamente de reconocer los matices y los grados de certeza, aunque resulten más difíciles de comunicar.

Qué viene ahora: estructuras estables y decisiones mejor preparadas

La propuesta más concreta del encuentro mira al futuro. Se planteó crear comités y estructuras estables que integren a científicos del sector público y del privado. Su misión sería acortar la distancia entre el momento en que se genera la evidencia y el momento en que se convierte en acción política. La idea es no tener que improvisar puentes cada vez que surge una crisis, sino contar con ellos de antemano.

Esa preparación conecta con lo que se sabe sobre cómo decidimos las personas cuando hay prisa. La presión provoca una respuesta inmediata en el organismo: suben el cortisol y la adrenalina, y el cerebro entra en modo de alerta. Eso afecta a la memoria, a la atención y a la velocidad con la que procesamos la información. Con menos tiempo para pensar, recurrimos a atajos mentales, los llamados heurísticos. Muchos estudios han señalado que en esos casos solemos guiarnos por emociones o experiencias previas en lugar de analizar todas las opciones.

Bajo presión también se activan sesgos conocidos. El sesgo de confirmación nos lleva a preferir la información que da la razón a lo que ya pensábamos. El efecto anclaje hace que nos fijemos demasiado en el primer dato que recibimos. Y el exceso de alternativas puede provocar la llamada parálisis por análisis, que bloquea la capacidad de actuar.

La buena noticia es que hay herramientas para contrarrestarlo, y encajan con lo que se defendió en Tenerife:

  • Disponer de información comprensible, que facilita el pensamiento analítico y reduce la influencia de los sesgos.
  • Filtrar los datos relevantes antes de decidir para evitar la sobrecarga.
  • Entrenar con simulaciones de situaciones críticas, una técnica que ya usan distintos sectores profesionales.
  • Hacer una breve pausa para ordenar prioridades y dividir una gran decisión en pasos más pequeños.
  • Apoyarse en herramientas como paneles de datos claros o alertas automáticas.

Visto así, las propuestas del panel funcionan como una preparación colectiva. Evidencia de calidad, explicada con claridad y presentada con sus márgenes de incertidumbre, ayuda a que quien decide no dependa de atajos ni de impresiones del momento.

La experiencia de La Palma muestra que este enfoque ya ha dado resultados. Los datos meteorológicos de 2016 permitieron movilizar más medios contra el fuego. Los datos científicos de 2021 permitieron anticipar evacuaciones y gestionar los riesgos durante 85 días de erupción. Con estructuras estables y una ciencia bien protegida y bien explicada, el reto que plantearon los expertos en STARMUS VIII es que esos aciertos se conviertan en la forma habitual de trabajar.

Preguntas frecuentes

¿Qué se debatió en el panel Science Under Pressure de STARMUS VIII?

El panel, celebrado en Tenerife, analizó la relación entre la ciencia, las instituciones y la sociedad, y cómo se utiliza el conocimiento científico cuando hay que tomar decisiones públicas.

¿Cómo ayudó la ciencia en las emergencias de La Palma?

Según Anselmo Pestana, en el incendio de 2016 la información meteorológica permitió elevar el nivel de la emergencia y sumar recursos como la Unidad Militar de Emergencias y medios aéreos. En 2021, los datos científicos fueron determinantes para anticipar evacuaciones y gestionar los riesgos durante los 85 días de actividad volcánica.

¿Cómo se puede saber si una evidencia científica es fiable?

La doctora Jacqueline Miller Holt propuso comprobar si los estudios siguen estándares o directrices reconocidos, si han pasado una revisión por pares y si existen posibles sesgos.

¿Qué propuestas salieron del debate?

Proteger la calidad científica, evitar sesgos, traducir los datos a un lenguaje comprensible para los gestores políticos y crear comités y estructuras estables con científicos del sector público y privado.

Por la redacción de GUAY.news.

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