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Ciencia

Siguen la ruta de 28.800 patos de goma perdidos en el Pacífico

Miles de patos de goma perdidos en 1992 sirvieron a dos oceanógrafos para estudiar las corrientes del Pacífico.

Patos de goma amarillos medio enterrados en la arena de una playa rocosa junto al mar.

En 1992, una tormenta zarandeó violentamente un barco de carga que cruzaba el Pacífico Norte con destino a Estados Unidos. Era el Ever Laurel y transportaba juguetes de baño infantiles: patos amarillos, castores rojos, ranas verdes y tortugas azules, conocidos colectivamente como Friendly Floatees. Al menos un contenedor se abrió y la carga acabó en el océano. La cifra más repetida es 28.800 juguetes, aunque en el material consultado también aparecen 28.000 y 29.000.

Aquel accidente se convirtió, sin proponérselo nadie, en un experimento oceanográfico a gran escala. Los juguetes se habían diseñado sin agujeros precisamente para que flotaran y las corrientes los llevaran hasta tierra firme, y eso es justo lo que hicieron, con un recorrido que los científicos pudieron seguir durante años.

Ficha

  • Qué: pérdida de unos 28.800 juguetes de baño que sirvieron para estudiar las corrientes oceánicas.
  • Quién: el barco de carga Ever Laurel y los oceanógrafos Curtis Ebbesmeyer y Jim Ingraham, con sede en Seattle.
  • Dónde: Pacífico Norte, en la ruta de China a Estados Unidos; las primeras apariciones, en playas de Alaska.
  • Cuándo: accidente en 1992; primeros avistamientos unos diez meses después; balance de la deriva en 1996.

Una tormenta y una oportunidad inesperada

Los contenedores de cartón envueltos en plástico viajaban en cubierta y, según los hechos conocidos, ya se habían degradado por la exposición al agua salada. Con la sacudida de la tormenta, al menos uno se abrió y los juguetes quedaron a merced del mar.

Unos diez meses después, buscadores de tesoros que rastreaban las playas de Alaska avistaron la primera oleada de patitos. Los informes de avistamientos empezaron a llegar a Curtis Ebbesmeyer y Jim Ingraham, oceanógrafos con sede en Seattle y especialistas en corrientes marinas, que vieron enseguida que tenían ante sí una ocasión única para el estudio.

Había un dilema ético que el propio accidente resolvía. Ningún científico podría arrojar al océano, de forma responsable, decenas de miles de recipientes de plástico. Pero aquello ya había ocurrido, y decidieron aprovechar los datos que ofrecía. Para animar a la gente a comunicar hallazgos, ofrecieron 100 dólares por cada avistamiento de un pato de goma.

Patos como puntos de datos móviles

Los oceanógrafos emplearon los juguetes extraviados como puntos de datos móviles para comprobar la precisión de su modelo informático de corrientes. Seguir las corrientes resultaba difícil, y uno de los métodos habituales era liberar botellas con mensaje: se sueltan hasta un millar y suelen recuperarse alrededor del 2%. Con los Floatees, el número de objetos a la deriva era mucho mayor y las apariciones permitían contrastar lo que predecía el modelo.

La diferencia entre ambos métodos era de escala y de seguimiento. Las botellas dependían de que alguien las encontrara y las devolviera; los juguetes, de que los avistamientos llegaran a los dos oceanógrafos. Con ellos, cada aparición era un punto de referencia para comparar la ruta real con la que el modelo había calculado.

Del Pacífico al Ártico

En 1996, los patos habían llegado a costas de Indonesia, Australia, Nueva Zelanda y Sudamérica. Otros derivaron hacia el norte por el estrecho de Bering y quedaron atrapados en el hielo marino del Ártico, avanzando unas 1 milla al día sobre el casquete polar.

Años después, algunos de esos juguetes congelados se descongelaron y siguieron camino hacia el Atlántico Norte. Algunos pasaron junto al lugar donde naufragó el Titanic. Hoy los avistamientos son cada vez más raros, aunque los Floatees aparecen de vez en cuando en alguna playa y se ofrecen en internet por 1.000 dólares.

Lo que enseñaron los patos sobre el plástico

Según el relato, los Floatees dieron una imagen real de cómo se mueven las corrientes oceánicas y de lo que ocurre con los residuos no biodegradables que llegan al medio marino. Es una ilustración muy visual de la contaminación por plástico.

El autor Donovan Hohn contó el viaje en su libro «Moby-Duck: The True Story of 28,800 Bath Toys Lost at Sea and of the Beachcombers, Oceanographers, Environmentalists and Fools, Including the Author, Who Went in Search of Them». Hohn comprobó cómo los residuos de plástico pueden acumularse en determinados lugares y, a la vez, extenderse ampliamente. Sobre los llamados parches de basura, explicó a NPR:

«Cuando oí por primera vez la expresión “parche de basura”, imaginé algo denso. Al principio lo imaginé como un depósito flotante de chatarra, y tendrías que abrirte paso con un remo si estás en un kayak. Pero no es así. No puedes fotografiarlo porque eso no existe. Lo que existe es una gran cantidad de plástico repartida por millones de millas de océano. Algo flota en la superficie, donde puedes encontrarlo, y algo flota justo debajo de ella. Y con el tiempo todo se fotodegradará, y gran parte es tan pequeña que no podrás verla a simple vista.»

Donovan Hohn, autor de Moby-Duck

Un legado que sigue vigente

Así, un accidente de transporte acabó dejando un doble legado: un conjunto de datos que sirvió para afinar el conocimiento de las corrientes del Pacífico y una lección sobre cuánto tiempo puede viajar, y dispersarse, el plástico que llega al mar.

Los avistamientos de hoy son escasos, pero los juguetes siguen apareciendo de forma esporádica y su valor en el mercado es llamativo: se ofrecen en internet por 1.000 dólares, frente a los 100 dólares que se ofrecieron en su día por cada avistamiento.

Por la redacción de GUAY.news.

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