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Ciencia

Los estudios de Kagan muestran que la timidez nace en el cerebro

Los estudios de Jerome Kagan indican que la timidez tiene base biológica, pero que puede modificarse con apoyo.

Niño pequeño asomado tras la pierna de un adulto en la entrada de un aula luminosa, con una maestra al fondo.

Durante buena parte de su carrera, el psicólogo de Harvard Jerome Kagan estudió por qué unos niños se acercan sin miedo a lo desconocido y otros se retraen. Sus estudios longitudinales, iniciados a finales de los años 1970, llegaron a una idea que cambió la forma de entender la timidez: tiene una base biológica y fisiológica, pero puede modificarse con el tiempo.

El punto de partida no fue precisamente ese. Según relató él mismo en una entrevista con el canal de YouTube The Brainwaves Video Anthology, al comienzo de su trayectoria quería demostrar lo poderoso que era el entorno en el desarrollo de los niños. «Quería estudiar lo poderoso que era el entorno y me resistía mucho a reconocer el papel de cualquier diferencia biológica entre los niños», explicó Kagan.

Bebés que lloran y bebés que apenas se inmutan

Lo que le hizo replantearse su postura fueron sus propias observaciones. Kagan dijo apreciar diferencias entre bebés de distintas nacionalidades ya a los 3 meses de edad, lo que le llevó a pensar que el temperamento natural tiene un fundamento biológico. Con esa intuición, a finales de los años 1970 lanzó una serie de estudios que seguían a niños a los que denominó de «alta reactividad» y de «baja reactividad».

Los investigadores cribaban a los bebés desde los 4 meses según su reacción a estímulos desconocidos: un juguete o un móvil nuevo, o llevarlos a un lugar que no conocían. Los de alta reactividad lloraban y agitaban los brazos y las piernas, mientras que los de baja reactividad apenas se inmutaban. El propio texto de referencia recoge que la clasificación en uno u otro grupo era posible a los 3 o 4 meses de edad.

De ambos extremos del espectro se seleccionaron los casos más marcados para realizar seguimientos de varios años. Muchos de los niños fueron estudiados hasta la adolescencia y algunos hasta la edad adulta.

Una diferencia visible en el cerebro

Según estos trabajos, la timidez, o alta reactividad, se debe a un sistema nervioso hiperactivo o hipersensible, con diferencias físicas en la composición cerebral y en la neuroquímica. Kagan pudo observar esa diferencia a través de la actividad de la amígdala, la parte del cerebro responsable de los instintos de supervivencia y de la respuesta de lucha o huida.

Hasta entonces, otros estudios habían considerado la timidez un rasgo de personalidad fijo. Los seguimientos a largo plazo de Kagan revelaron que a menudo tiene una base biológica y que se hereda. Con matices: en algunos casos, las personas podían «desarrollar» timidez con el tiempo por traumas en el hogar u otros factores ambientales.

Tampoco el destino estaba escrito. Los niños estudiados a veces se volvieron menos tímidos y reactivos, y a veces más. Los casos más extremos fueron los menos propensos a cambiar. Sobre la evolución, Kagan describió una regla general: «La regla general es que cambias mucho entre el nacimiento y los 7 años. Después de los 7 años, no cambias mucho. Si eres extremadamente tímido y temeroso a los 7, las probabilidades son de unos dos tercios de que esos niños sean tímidos en la adolescencia».

«Si empiezas con 10 niños muy tímidos a los 1 año, acabarás con 3 que serán muy tímidos en la adolescencia.»

Jerome Kagan, citado en 1991 por The Harvard Crimson

Unos 20 años después de la selección inicial, Kagan realizó resonancias cerebrales a algunos de los niños identificados como tímidos o muy reactivos. Muchos se habían vuelto menos «temerosos» de adultos y habían aprendido a superar su timidez. Sin embargo, en las imágenes la amígdala seguía mostrando una actividad alta y sensible, lo que, según el texto, respaldaba que la timidez es biológica.

Qué recomendaba Kagan a las familias

De sus hallazgos se deriva una pauta práctica: hacer familiar lo desconocido. Kagan aconsejaba, por ejemplo, que el niño conozca al profesor con antelación, visite un aula nueva antes del primer día y se exponga a cosas nuevas siempre que sea posible. Según él, la intervención temprana, idealmente antes de los 7 años, con apoyo gradual en lugar de presión, es la vía más útil.

Lo peor, según Kagan, es presionar demasiado a un niño tímido y obligarle a salir de su zona de confort. En palabras recogidas por The Harvard Crimson: «Hay que ser sensible. No quieres poner demasiada presión a estos niños para que se unan al grupo y sean sociables».

Kagan señaló también algunas particularidades físicas de los niños inhibidos: tendían a crecer altos y delgados y a sufrir afecciones como fiebre del heno y eccema, que atribuía a niveles más altos de hormonas del estrés. Mencionó asimismo que los niños tímidos estudiados tenían más probabilidades de tener ojos azules, aunque estudios posteriores no han encontrado la misma correlación o la han encontrado débil. Son observaciones atribuidas a Kagan, sin cifras ni estudio detallado en el material disponible.

Por qué importa

Los estudios de Kagan desmontan la idea de que la timidez sea un rasgo fijo o un fallo de los padres. Tiene una base fisiológica heredable, pero es flexible y puede modificarse con apoyo. Entenderlo ayuda a ver que los niños reservados no son difíciles ni obstinados, y que el temperamento y el comportamiento son cosas distintas.

Kagan nunca trató la timidez como un trastorno que hubiera que corregir. Un temperamento tímido puede ayudar a triunfar en campos que valoran la precisión, la prudencia y saber escuchar. Eso sí, en casos extremos una sensibilidad temperamental puede derivar en adultos temerosos, aislados o con trastornos de ansiedad, y la sociedad moderna tiende a premiar a las personas extrovertidas, audaces y sociables, lo que mantiene parte del estigma al confundir timidez con miedo, debilidad o falta de confianza. Con el apoyo adecuado, muchos niños muy tímidos pueden llegar a ser adultos sociales y exitosos.

Por la redacción de GUAY.news.

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