El fondo marino de Flying Foam Passage, en Murujuga, en la costa de Australia Occidental, esconde algo más que arena y corales. Allí, unos buzos han localizado nueve herramientas de piedra talladas asociadas a un antiguo manantial de agua dulce que quedó cubierto por el mar hace unos 9.000 años.
El hallazgo es noticia por dos motivos. Por un lado, permite asomarse a un paisaje que hoy está bajo el agua y que entonces era tierra firme, con gente que vivía, comía y trabajaba la piedra junto a una fuente. Por otro, los análisis geoquímicos de las piezas indican que una parte de ellas viajó muy lejos: el 44 % de los objetos procede de rocas situadas a unos 23 kilómetros, en la actual isla Rosemary.
La investigación se ha publicado en la revista Quaternary Science Reviews y se ha realizado en colaboración con la Murujuga Aboriginal Corporation. Esto es lo que se sabe hasta ahora.
Qué se ha encontrado exactamente en el fondo del mar
Los buzos identificaron nueve instrumentos tallados que descansaban en el lecho marino de Flying Foam Passage. No aparecieron aislados: el sitio conservaba piezas asociadas a un antiguo manantial de agua límpida que quedó completamente sumergido.
Según se recoge, las reliquias permanecieron protegidas del desgaste de las corrientes marinas, lo que explica que hayan llegado hasta nosotros en condiciones de ser estudiadas. Los trabajos se desarrollaron durante expediciones subacuáticas en Murujuga, una zona de la costa de Australia Occidental.
Las claves del hallazgo
- Nueve herramientas de piedra talladas.
- Un manantial de agua dulce sumergido hace unos 9.000 años.
- Un 44 % de los objetos procede de rocas de la isla Rosemary.
- Distancia entre esa isla y el lugar del hallazgo: unos 23 km.
- Técnica empleada: espectrometría de fluorescencia de rayos X.
Dónde y cuándo: un punto de agua que hoy está bajo el mar
El yacimiento se encuentra en Flying Foam Passage, dentro de Murujuga, en la costa de Australia Occidental. Es un lugar que hoy es marino, pero que en el pasado fue un punto de agua accesible en tierra firme. Los datos disponibles sitúan el momento en que el manantial quedó cubierto por el mar hace unos 9.000 años.
La cronología que puede reconstruirse a partir del texto es sencilla y tiene un único hito documentado: el manantial queda sumergido tras el fin de la última glaciación. Antes de ese momento, el agua dulce era un recurso disponible en tierra; después, pasó a formar parte del lecho marino, y con ella los útiles que se encontraban a su alrededor.
El titular habla de «pelo menos 9 mil anos», mientras que el cuerpo del artículo original se refiere a «cerca de nueve mil años». La cifra es, en todo caso, la misma: unos 9.000 años. Conviene tenerlo presente al citar la antigüedad del hallazgo.
Antecedentes: el fin de la última glaciación y el cambio del nivel del mar
Para entender por qué hay herramientas de piedra bajo el mar hay que retroceder al final de la última glaciación. Con el fin de aquella edad de hielo, el volumen de los mares aumentó de forma notable y el agua fue cubriendo amplias llanuras continentales que estaban habitadas.
En ese proceso se enmarca el manantial de Flying Foam Passage. Lo que fue un punto de agua potable en tierra firme pasó a ser parte del lecho marino, y con él quedaron bajo el agua los útiles que había en sus inmediaciones. Según el artículo, el hallazgo permite leer también cómo cambió el paisaje de la región tras el fin de la Edad de Hielo, ya que el estudio analizó precisamente esas transformaciones ambientales.
El texto no aporta otros antecedentes de investigaciones previas en la zona. Lo que sí queda claro es que el hallazgo no se explica solo por el presente: su valor depende de lo que ocurrió con el nivel del mar hace miles de años.
Cómo se ha averiguado de dónde sale cada piedra
La pieza clave del trabajo es la espectrometría de fluorescencia de rayos X, un método no destructivo que permite mapear la composición de los materiales sin dañar las herramientas. El análisis fue dirigido por Jonathan Benjamin.
La técnica sirvió para identificar la firma geoquímica de cada fragmento de roca y vincular los vestigios con depósitos geológicos mapeados previamente. Según el artículo, es algo así como una huella dactilar mineral: si la composición de una herramienta coincide con la de una cantera concreta, se puede saber de dónde procede la materia prima.
El estudio cruzó además esos resultados con datos sedimentarios y con análisis químicos para establecer la procedencia mineral de los artefactos, comparándolos con canteras costeras antiguas. Gracias a esa comparación, las piedras pueden situarse en un mapa geológico concreto, en lugar de quedar como simples fragmentos sin origen conocido.
Las cifras exactas: nueve piezas, 44 % y 23 kilómetros
Los datos que se desprenden del estudio son pocos, pero concretos. Se han encontrado nueve herramientas de piedra talladas. Los exámenes geoquímicos comprobaron que el 44 % de los objetos se originó en formaciones rocosas distantes. La isla Rosemary se sitúa a 23 km del punto donde descansaban los artefactos.
Es decir, casi la mitad de lo analizado no se talló con piedra local, sino con roca traída desde bastante lejos. Los hechos disponibles no precisan de dónde proceden exactamente el resto de los objetos, ni si ese porcentaje se refiere únicamente a las nueve herramientas o a un conjunto mayor, así que conviene tomar la cifra tal como se ha publicado.
Tampoco se indica el número de expediciones realizadas ni el número exacto de buzos que participaron. Son datos que faltan en el texto y que, por tanto, no pueden darse por conocidos.
Qué significa según el artículo: movilidad, planificación y un punto de encuentro
Según la interpretación recogida en el artículo, el traslado de piedra de calidad desde la isla Rosemary evidencia que los grupos de cazadores-recolectores recorrían rutas terrestres organizadas para transportar materias primas. Eso apuntaría a planificación logística, conocimiento del entorno y movilidad estratégica de los pueblos aborígenes de la época. Se trata de una lectura del propio artículo, no de una conclusión literal atribuida a los investigadores.
El texto describe además el manantial como una fuente de agua potable crucial en ambientes áridos, capaz de atraer a viajeros y cazadores. Según el artículo, el manantial probablemente funcionaba como punto de encuentro comunitario, donde distintas familias compartían alimentos y recursos. Alrededor de él se realizaban actividades de fabricación y mantenimiento de herramientas, así como rituales sociales. Estas funciones se presentan con cautela, como hipótesis, y no como resultados confirmados.
También se afirma que las plataformas marinas conservan registros valiosos sobre cómo se adaptaron los humanos al entorno, un archivo que durante milenios ha estado fuera del alcance de la arqueología tradicional. Es una afirmación general del artículo que el hallazgo de Flying Foam Passage ilustra, aunque el texto no desarrolla más esa idea.
Un modelo de arqueología colaborativa
El trabajo se hizo en cooperación con la Murujuga Aboriginal Corporation, lo que dio lugar a un modelo de arqueología colaborativa. En las tareas prácticas participaron guardas tradicionales indígenas que, además, son buzos.
Los hechos no detallan cuántos guardas intervinieron ni cuál fue su función exacta dentro de la investigación. Sí queda claro que el estudio no se planteó al margen de las comunidades vinculadas al territorio, sino con ellas dentro del equipo de campo.
El artículo incluye, además, un vídeo del canal de YouTube de Flinders University sobre el tema. El texto no describe su contenido, por lo que no puede asumirse qué muestra más allá de su relación con el hallazgo.
Qué queda por saber
De momento no constan próximos pasos concretos ni nuevas campañas anunciadas. Tampoco figuran en los datos disponibles el título del estudio en Quaternary Science Reviews, su fecha de publicación ni la lista completa de autores.
Con lo conocido, el balance es el de un yacimiento que combina varias capas de información: un manantial hundido por la subida del mar, nueve herramientas bien conservadas y una huella química que conecta ese punto con una isla situada a 23 kilómetros. Todo ello, hace unos 9.000 años.
Por la redacción de GUAY.news.





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