Los hematólogos españoles quieren que el ejercicio físico deje de ser un consejo amable y pase a ser parte del tratamiento del cáncer de la sangre. Un grupo de especialistas de la Sociedad Española de Hematología y Hemoterapia (SEHH) ha formado una comisión con ese objetivo: que se prescriba de forma similar a un régimen de quimioterapia o inmunoterapia.
La iniciativa se dio a conocer durante el reciente Congreso Nacional de la SEHH, celebrado en Bilbao. Allí se expuso que, aunque casi nueve de cada diez hematólogos consideran el ejercicio muy importante, solo el 13% de los servicios de hematología de España cuenta hoy con un programa de este tipo.
La coordinadora del grupo de trabajo es la doctora Izaskun Zeberio Etxetxipia, hematóloga del Hospital Universitario de Donostia. Junto a ella trabajan dos graduados en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, Imanol Morante y Mar Martínez, que atienden a pacientes de linfoma. Este reportaje recoge las voces de los tres.
La ambición de ser pioneros: «hay que recetar ejercicio físico»
Zeberio no esconde la ambición del proyecto. «Queremos conseguir ser pioneros. Igual que recetamos R-CHOP [régimen de quimioinmunoterapia], hay que recetar ejercicio físico», afirma la hematóloga del Hospital Universitario de Donostia.
La comparación no es casual. El R-CHOP es un régimen de quimioinmunoterapia que se prescribe con una pauta definida, y la hematóloga propone que el ejercicio se maneje con esa misma lógica de tratamiento estructurado. La idea es que el ejercicio se trate como un tratamiento de pleno derecho en el cáncer de la sangre, al nivel de un fármaco, con su pauta, su seguimiento y su adaptación a cada paciente. No se plantea como un complemento opcional, sino como parte del plan terapéutico.
«La evidencia va más allá de la calidad de vida y es hora de que empecemos a implementar estos programas.»
Izaskun Zeberio, hematóloga del Hospital Universitario de Donostia
La hematóloga insiste en que el argumento ya no se limita a que los pacientes se sientan mejor durante el proceso. La evidencia científica lleva años mostrando el valor de las intervenciones basadas en el ejercicio en personas con neoplasias hematológicas, es decir, en tumores que afectan a la sangre y a los órganos que la forman. La evidencia que se centra específicamente en estos cánceres ha demostrado su viabilidad y sus resultados.
Según los estudios que el equipo maneja, en pacientes que reciben quimioterapia el ejercicio mejoró la función física y alivió los síntomas de depresión. Son resultados que, para el grupo, sitúan la discusión en el terreno clínico y no solo en el del bienestar.
Una brecha entre lo que opinan los médicos y lo que ofrecen los hospitales
El punto de partida es un reciente análisis de la SEHH, que encuestó a hematólogos de centros hospitalarios españoles. El contraste entre convicción y realidad es llamativo.
Las cifras de la encuesta
- 13% de los servicios de hematología de España tiene un programa de ejercicio físico.
- 87,5% de los hematólogos considera el ejercicio físico muy importante.
Los propios encuestados admiten que faltan formación, recursos y protocolos clínicos claros, y señalan distintas barreras estructurales y de recursos para poner en marcha estos programas. Es decir, el obstáculo no parece ser la falta de voluntad, sino la falta de herramientas para hacerlo bien.
Para avanzar, el equipo de Zeberio ha optado por no improvisar y trabajar de la mano de graduados en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (Cafyd), con el fin de convertir la evidencia en programas de ejercicio físico seguro, eficaz e individualizados. La combinación de perfiles clínicos y de actividad física es, según la propia propuesta, el modo de cubrir la carencia de protocolos que señalan los encuestados.
Un programa con tres pasos: evaluar, derivar y monitorizar
El funcionamiento descrito por el equipo sigue un orden claro. El primer paso es identificar y evaluar a los pacientes y derivarlos a especialistas en ejercicio físico, con los que se coordina el programa. Después llega la monitorización y la reevaluación de cada paciente según su evolución clínica.
La primera valoración incluye medir la capacidad cardiorrespiratoria y realizar otras mediciones, como test de campo para evaluar la fuerza, el equilibrio y la flexibilidad. A partir de ahí, la recomendación debe hacerse en función de las comorbilidades del paciente, es decir, de otras enfermedades que tenga, y de las complicaciones o cirugías graves por las que haya pasado o esté pasando.
Ya hay un primer resultado práctico: se ha puesto en marcha un programa de investigación, una especie de piloto con pacientes con cáncer hematológico, en el que se están viendo buenos resultados. Zeberio destaca un aspecto que a menudo es el talón de Aquiles de cualquier pauta médica, el de si los pacientes la siguen.
«La adherencia es brutal; los pacientes se enganchan porque ven que se les adapta el ejercicio físico.»
Izaskun Zeberio, hematóloga del Hospital Universitario de Donostia
La clave que la hematóloga atribuye a esa adherencia es la personalización. El paciente no recibe una rutina genérica, sino un ejercicio ajustado a su estado, y esa adaptación es lo que, según ella, mantiene su participación.
Imanol Morante: seguridad y los principios FITT
Quien explica cómo se traduce todo esto en una prescripción concreta es Imanol Morante, graduado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, que trabaja con pacientes de linfoma, en los que el ejercicio se integra como tratamiento adyuvante, es decir, como apoyo al tratamiento principal.
Morante recuerda lo que ya se ha visto en pacientes con quimioterapia: «mejoraba la función física, se aliviaban los síntomas de depresión y el ejercicio era seguro teniendo en cuenta las directrices sobre plaquetas».
La referencia a las plaquetas es relevante para la seguridad. Las plaquetas son las células que intervienen en la coagulación de la sangre, y el recuento que tenga cada paciente determina qué actividad puede hacer sin riesgo. Por eso, según el texto, el ejercicio se ha probado teniendo en cuenta las directrices sobre plaquetas.
Para recetar ejercicio con garantías, añade, hace falta método. «Para prescribir el ejercicio físico de manera segura y eficaz hay que basarse en los principios FITT: frecuencia, intensidad, tipo de ejercicio y tiempo», explica.
Los principios FITT, paso a paso
- Frecuencia: cuántos días a la semana se hace ejercicio.
- Intensidad: cuánto esfuerzo supone cada sesión.
- Tipo de ejercicio: aeróbico, de fuerza o de equilibrio.
- Tiempo: cuánto dura cada sesión y el total semanal.
En cuanto al tipo de ejercicio, lo ideal es combinar trabajo aeróbico, fuerza y equilibrio, preferiblemente mediante actividades lúdicas, en contacto con la naturaleza, en compañía y bajo supervisión profesional. La intensidad, por su parte, debe superar determinados umbrales para que haya beneficios, lo que puede implicar esfuerzos superiores a los habituales de la vida cotidiana, medibles mediante escalas estandarizadas. Y, sobre todo, la recomendación debe adaptarse a cada persona.
Mar Martínez: lo que cuesta no moverse
Mar Martínez, también graduada en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte y también en contacto con pacientes de linfoma, pone cifras a lo que ocurre cuando el paciente no hace ejercicio. Según los estudios que cita, en quienes no se mueven la fatiga aumenta hasta un 33% durante un año tras el tratamiento, un 30% sufre neuropatía periférica seis meses después y un 70% tiene más probabilidad de sufrir problemas cardiovasculares.
«Hasta un 33% más de fatiga durante un año tras el tratamiento; un 30% sufren neuropatía periférica seis meses después y un 70% tiene más probabilidad de sufrir problemas cardiovasculares.»
Mar Martínez, graduada en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte
La literatura científica que maneja el grupo apunta, además, a un abanico amplio de beneficios del ejercicio en el cáncer: reduce la fatiga relacionada con la enfermedad, regula la respuesta inflamatoria y el sistema inmune, aumenta la biogénesis mitocondrial, limita la toxicidad de la quimioterapia, mejora la tolerancia al tratamiento y puede llegar a aumentar la supervivencia. La biogénesis mitocondrial es la formación de nuevas mitocondrias, los orgánulos de las células que producen energía. En los estudios citados, un tratamiento con quimioterapia se asocia a mayor toxicidad en quienes no hacen ejercicio.
Conviene leer estas cifras con cautela. Proceden de estudios que no se identifican en la información disponible, y la referencia al 70% no deja claro con qué grupo se compara.
La hipótesis de la mejor reconstrucción inmune
Hay un dato que Zeberio considera especialmente sugerente. «Hay datos impresionantes que muestran que quienes hacen ejercicio tienen menos recaídas; la hipótesis es que experimentan una mejor reconstrucción inmune», afirma.
La propia hematóloga lo plantea como hipótesis, no como un resultado confirmado, y así hay que entenderlo. Aun así, encaja con lo que apunta la literatura sobre la regulación del sistema inmune, y es uno de los motivos por los que el grupo defiende que el ejercicio merece un lugar en el plan de tratamiento y no solo en el apartado de recomendaciones generales.
Cuánto, cuándo y cómo: la recomendación de base
Las pautas generales de actividad que maneja el grupo son concretas. La recomendación mínima es de 150 minutos semanales de actividad aeróbica, o 75 minutos si la actividad es más vigorosa.
La pauta de referencia
- Aeróbico: 150 minutos a la semana, o 75 de actividad más vigorosa.
- Frecuencia: idealmente los siete días de la semana.
- Mínimo: tres días de entrenamiento aeróbico y dos de fuerza.
Estas cifras son una referencia y no un molde rígido: en cada paciente la pauta debe ajustarse a su situación clínica. De ahí el mensaje práctico que se resume en una frase recogida en la recomendación general: «Siempre es mejor hacer algo que nada».
Qué no se sabe todavía
El reportaje deja varias preguntas abiertas. No se han detallado los resultados cuantitativos del piloto, que se describen solo como buenos. Tampoco se concreta qué cánceres hematológicos incluye, más allá de los pacientes con linfoma mencionados por Martínez y Morante. Y el número de hematólogos encuestados por la SEHH, así como el periodo del análisis, no constan en la información disponible.
Lo que el texto no precisa
- Piloto: resultados cuantitativos no detallados.
- Diagnósticos: cánceres hematológicos incluidos más allá del linfoma, no especificados.
- Encuesta: número de encuestados y periodo, no informados.
- Estudios citados: no identificados en la información disponible.
- Hipótesis inmune: la relación entre ejercicio y menos recaídas es una hipótesis de la hematóloga, no un resultado confirmado.
Qué viene ahora
El objetivo de los hematólogos es que el ejercicio físico se incorpore como parte del tratamiento del cáncer de la sangre, siguiendo el proceso de valoración, derivación a especialistas y monitorización que ya aplican en su programa piloto. De momento no se han concretado plazos para extenderlo.
Tampoco se han detallado los resultados cuantitativos del piloto, descritos solo como buenos, ni el número de hematólogos que respondió a la encuesta. Queda por ver, por tanto, cuánto tardará esta propuesta en llegar a los servicios de hematología, que hoy, en su inmensa mayoría, no cuentan con un programa de este tipo.
Lo que sí está claro es la dirección que marcan los especialistas. Con una comisión creada, un piloto en marcha y la mayoría de la especialidad convencida de su importancia, el reto pendiente es dotar a los hospitales de la formación, los recursos y los protocolos que hoy echan en falta.
Por la redacción de GUAY.news.





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