La astrofísica ha alcanzado un hito largamente perseguido con la identificación del primer microblázar dentro de nuestra propia galaxia. Se trata del sistema estelar binario denominado IRAS 18293−0941, una estructura compuesta por un agujero negro y una estrella masiva que orbitan entre sí y que se encuentra localizada a unos 12.000 años luz de la Tierra. Este hallazgo histórico confirma la existencia de unos objetos celestes cuya presencia se había teorizado hace décadas, abriendo una vía de investigación directa para comprender fenómenos cósmicos de alta energía sin necesidad de escudriñar los confines más remotos del universo.
El sistema recién identificado destaca por una configuración orbital y física especialmente singular: el agujero negro completa una vuelta alrededor de su estrella compañera en un periodo orbital de exactamente 11,38 días. Durante esta interacción gravitatoria continua, la materia absorbida y acelerada por el agujero negro es proyectada al espacio exterior en dos chorros de partículas que viajan en sentidos opuestos a una velocidad vertiginosa, estimada en aproximadamente tres cuartas partes de la velocidad de la luz. Una de las particularidades determinantes de este sistema es que uno de esos potentes haces apunta casi directamente hacia la posición de la Tierra, lo que define formalmente a este objeto como un microblázar.
Tres décadas tras la pista de una predicción teórica oculta en el polvo
La búsqueda de estos fascinantes cuerpos celestes no ha sido sencilla ni inmediata. La existencia teórica de los microblázares fue planteada originalmente en los años noventa, momento en el que la comunidad astronómica comenzó a deducir que los fenómenos extremos observados en galaxias lejanas debían tener su réplica a una escala mucho menor y dentro de los límites de la Vía Láctea. No obstante, los científicos han tenido que esperar tres décadas para dar con una confirmación incontestable. El principal obstáculo residía en las densas capas de polvo interestelar que atraviesan el plano galáctico, las cuales bloquean la luz y dificultan enormemente el análisis mediante telescopios ópticos convencionales.
El objeto IRAS 18293−0941 no era del todo desconocido para los astrónomos, aunque sus propiedades clave habían permanecido inadvertidas durante mucho tiempo. Como explica Josep Martí, investigador de la Universidad de Jaén y responsable del trabajo científico, este sistema estelar «fue catalogado hace décadas y después quedó más o menos olvidado». El velo de gas y polvo que envuelve su entorno impedía determinar con claridad si la radiación detectada en censos estelares pasados correspondía a una estrella normal con emisiones particulares o a un objeto de naturaleza mucho más exótica.
A este problema de visibilidad se sumaba una incertidumbre geométrica y espacial muy habitual en la radioastronomía. Cuando se capta un chorro relativista de materia apuntando hacia nosotros en una región concreta del firmamento, surge siempre la duda de si dicha emisión procede verdaderamente del objeto estelar observado o si, por el contrario, pertenece a una galaxia lejana situada justo detrás en la misma línea visual. Descartar esa coincidencia fortuita requería mediciones de una precisión extraordinaria que no estaban disponibles en los primeros años tras su descubrimiento.
La combinación de radio y óptica que resolvió el enigma del chorro
La solución definitiva a este dilema astronómico llegó de la mano de un equipo internacional de especialistas procedentes de instituciones de España, Países Bajos y Argentina, bajo el liderazgo de la Universidad de Jaén. Para sortear el obstáculo del polvo y certificar la verdadera identidad del sistema, los investigadores optaron por una estrategia multidisciplinar, combinando registros detallados en el espectro óptico con la potencia de las redes de interferometría de radio más avanzadas del planeta.
El paso concluyente se dio al recurrir a la Red Europea de VLBI (interferometría de muy larga base), una malla continental de radiotelescopios coordinados entre los que desempeñó un papel destacado el radiotelescopio español de Yebes, situado en la provincia de Guadalajara. Gracias a la resolución conjunta proporcionada por esta red, los científicos consiguieron examinar la geometría íntima de la emisión y comprobaron que el flujo de partículas emergía exactamente del corazón del sistema binario galáctico, descartando por completo la hipótesis de que se tratara de una galaxia de fondo ajena a nuestra Vía Láctea.
Esta vinculación inequívoca entre el chorro relativista y la estrella binaria supuso el punto de inflexión definitivo de la investigación. En palabras de Benito Marcote, coautor del trabajo: «Ese fue el momento en que el resultado se volvió sólido». A partir de ese instante se pudo constatar que se estaba ante un gemelo a escala reducida de los blázares gigantescos, permitiendo certificar por primera vez que un sistema estelar de nuestra galaxia reproduce fielmente la violenta maquinaria de emisión orientada que hasta ahora solo se vinculaba a los núcleos de galaxias activas lejanas.
Una ventana para estudiar el cosmos y los próximos pasos de la investigación
El hallazgo del sistema IRAS 18293−0941 supone un cambio de paradigma para el estudio de la física de altas energías. Los blázares convencionales son galaxias extremadamente distantes que albergan en su centro agujeros negros supermasivos, con masas equivalentes a millones o miles de millones de soles. Debido a estas proporciones titánicas, los procesos evolutivos y las variaciones en sus chorros transcurren a lo largo de escalas temporales enormes, que a menudo abarcan siglos o milenios. Por el contrario, al tratarse de un microblázar a escala estelar, las variaciones dinámicas y los cambios estructurales suceden a un ritmo vertiginoso, en cuestión de días o semanas, lo que permite a los científicos seguir transformaciones completas a lo largo de una vida humana.
Las observaciones no solo han aportado datos sobre el haz que apunta hacia la Tierra, sino también sobre la actividad invisible que se desarrolla en el extremo opuesto. Mientras que el chorro orientado hacia nosotros resulta claramente detectable, el chorro que viaja en la dirección contraria no emite luz directamente observable. Sin embargo, su paso ha dejado una huella colosal en el medio interestelar: ha esculpido una gigantesca burbuja de gas de 100 años luz de extensión. A través del radiotelescopio sudafricano MeerKAT, los astrónomos han identificado una región especialmente brillante en la zona donde este haz invisible colisiona con fuerza contra una densa nube de gas circundante.
A raíz de esta colisión cósmica se ha abierto una nueva e intrigante línea de investigación. Los científicos analizan en la actualidad si este violento choque entre el chorro opuesto y la nube gaseosa es la causa directa de una fuente de rayos gamma de energía extrema detectada en las inmediaciones del sistema, una correlación prometedora que aún requiere confirmación definitiva a través de análisis complementarios.
De cara al futuro inmediato, el equipo de investigación ya prepara nuevas campañas de observación telescópica. Sus objetivos prioritarios se centrarán en monitorizar con regularidad la evolución temporal del chorro orientado hacia la Tierra, cartografiar con mayor detalle la estructura interna de la nube de gas impactada y aplicar los métodos refinados en este proyecto para localizar otros posibles microblázares que todavía permanezcan ocultos en el plano de la Vía Láctea.
Por la redacción de GUAY.news.
Imagen: «Arecibo radio telescope observatory Puerto Rico – panoramio (11)», de David Broad (BY 3.0), vía Openverse.





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