Los perros que viven junto a la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, tienen un ADN distinto del de los perros del pueblo de Chernóbil, que está a solo 16 kilómetros. Un nuevo estudio, publicado en la revista Genes, apunta a la selección natural como posible explicación de esa diferencia. Lo dirigen Megan Dillon, investigadora posdoctoral de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, y Matthew Breen, catedrático de genómica en esa misma institución.
El hallazgo ofrece pistas sobre cómo salieron adelante estos animales, pero los propios autores piden prudencia: los resultados no demuestran que esos genes hayan ayudado a los perros a sobrevivir. Aun así, la investigación cierra algunas dudas que dejaban trabajos anteriores y abre nuevas preguntas sobre cómo se adaptan los animales a un entorno contaminado.
Una historia que empieza en 1986
Cuando la población huyó del desastre nuclear de Chernóbil, en 1986, tuvo que dejar atrás a sus mascotas. Algunos perros escaparon de los equipos enviados para sacrificarlos. Los perros que deambulan libremente por la zona hoy descienden, al menos en parte, de aquellas mascotas.
La explosión del reactor número 4 se produjo el 26 de abril de 1986. Según el Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR), obligó a evacuar a más de 135.000 personas de Ucrania y Bielorrusia. La ausencia de población humana permitió que en el área persistieran grupos de animales, entre ellos los perros.
Los autores creen que la mayoría de los perros actuales de la central proceden de mascotas de Prípiat, la ciudad de los trabajadores situada a unos tres kilómetros de la planta. Sus residentes la abandonaron 36 horas después de la explosión. Se estima que hoy viven varios cientos de perros en la zona de exclusión.
Una brecha genética entre dos grupos vecinos
Estudios anteriores ya habían encontrado una división llamativa. Los perros del pueblo estaban genéticamente más cerca de los perros de Polonia y Rusia que de los perros de la planta, aunque los perros de cría libre de Europa del Este viven mucho más separados entre sí.
Las investigaciones previas habían analizado la ascendencia de las razas, la separación física y la endogamia, sin llegar a explicar del todo esa brecha. Otro estudio independiente tampoco encontró pruebas de que la radiación hubiera acelerado las mutaciones en los perros de la planta. En 2024, un trabajo publicado en la revista PLOS One, de científicos de la Universidad Estatal de Carolina del Norte y de la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia, llegó a la misma conclusión: no halló indicios de que un aumento de las mutaciones explicara las diferencias.
Quedaban entonces dos posibilidades principales. La primera es la deriva genética, por la que ciertos genes se vuelven más comunes por puro azar, porque algunos perros tienen más cachorros que otros. La segunda es la selección natural, en la que los perros que portan genes que les ayudan a sobrevivir y a reproducirse los transmiten con mayor frecuencia.
«Con este trabajo quisimos explorar dos motores evolutivos adicionales de mayor escala: si las diferencias genéticas se deben a la selección o a la deriva genética a lo largo del tiempo en una población aislada», explicó Dillon. Es una traducción del planteamiento que recoge la universidad en su comunicado.
Cómo se comparó el ADN de los perros
Los veterinarios tomaron las muestras en 2018 y 2019, mientras atendían a perros en las clínicas de esterilización y vacunación gestionadas por la organización Clean Futures Fund. El equipo partió de los genomas completos, es decir, de los conjuntos completos de ADN, de 106 perros, ya disponibles en una base de datos pública.
Después, los investigadores eliminaron a los parientes cercanos y a los perros cuyo ADN se parecía más al del otro grupo. Así quedaron 33 perros de la planta y 30 perros de la ciudad.
La deriva genética pesa más en las poblaciones reproductoras pequeñas, de modo que el equipo estimó cuántos perros aportaban genes a cada grupo. Los perros de la planta no tenían de forma constante una población reproductora más pequeña. Eso debilita la idea de que un grupo reducido explicara por sí solo la diferencia.
Los patrones del ADN también sirvieron para rastrear la historia de la población. La de la planta parece haber empezado a reducirse hace unas 35 a 40 generaciones, hacia la época de la catástrofe de 1986 y del sacrificio que le siguió.
La comparación con las islas Galápagos
Para entender qué podía explicar el aislamiento, el equipo recurrió a perros de las islas Galápagos. Esos animales habían vivido apartados de otras poblaciones y se habían enfrentado a un intento de sacrificio masivo, pero nunca habían convivido junto a un reactor en ruinas.
La comparación incluyó 250 perros de ocho grupos, entre ellos perros de aldea de Polonia y Rusia. Según una medida estándar de diferencia genética, los perros de la central estaban unas dos veces más alejados de cada uno de los tres grupos de Galápagos que los perros de la ciudad.
Los perros de las islas estaban genéticamente más cerca de los perros de la ciudad y de los perros de aldea de Europa que de los perros de la central. Es decir, el aislamiento en las islas no había producido el mismo grado de diferencia.
Un programa informático clasificó además a los 250 perros en grupos basándose únicamente en su ADN. Identificó tres agrupaciones, y una de ellas estaba formada exclusivamente por perros de la central eléctrica.
Qué genes han llamado la atención
Los investigadores compararon después cromosomas individuales. Esperaban que la deriva al azar afectara a todos más o menos por igual, pero algunos destacaron mucho más que otros. En los datos del genoma completo, las comparaciones con perros de la planta variaban unas cuatro veces más entre cromosomas que las comparaciones con los demás grupos. Los cromosomas 8, 14, 26 y 27 mostraron de forma constante las mayores diferencias.
En el cromosoma 8, la diferencia genética entre los perros de la planta y un grupo de perros de raza pura fue casi un 50 % mayor que su diferencia en el conjunto del genoma. Además, los perros de la planta conservaron su variedad genética global, a diferencia de la pérdida que suele verse cuando la deriva actúa sobre una población pequeña.
A continuación, el equipo examinó unos 4,8 millones de puntos del ADN donde los perros suelen variar. Comparó a los perros de la planta con los del pueblo, con perros mestizos y con 24 perros de raza de ocho razas, entre ellas chihuahuas y golden retriever. Los perros de la planta destacaron en 1.138 puntos, la mayoría agrupados en bloques. Ese patrón puede aparecer cuando la selección favorece un tramo concreto del ADN.
Según el resumen del estudio, el análisis identificó más de 100 regiones del genoma con indicios de que algunas variantes se habían vuelto más frecuentes en los perros de las inmediaciones de la central. Muchos de los genes cercanos a esas regiones ayudan a reparar el ADN, combaten infecciones o intervienen en el cáncer. Otros se relacionan con la respuesta inmunitaria, el ciclo celular y la supervivencia de las células.
Lo que dicen los científicos y lo que falta por saber
«Aunque no podemos afirmar con certeza que lo que hemos encontrado pueda confirmarse directamente como selección, sí encontramos estas firmas genómicas que apuntan a la selección», explicó Dillon.
«Cuando profundizamos en esas regiones genómicas, descubrimos que estos genes participan en rutas biológicamente relevantes que podrían permitirles superar los efectos de la exposición a sustancias tóxicas en este entorno.»
Breen planteó una hipótesis sobre lo que pudo ocurrir. En su opinión, la consecuencia de vivir en ese entorno quizá no llegó a cambiar el genoma de los perros para adaptarse. Es posible que los animales que sobrevivieron a las primeras exposiciones ya tuvieran una diversidad genética y unas variantes que les daban mayor aptitud. «Obviamente, esto es una especulación y no sabemos con exactitud qué sucedió», señaló, y añadió que el análisis fue muy riguroso y encontró indicios de selección en regiones biológicamente relevantes.
Los autores recuerdan que el estudio no atribuye los cambios a la radiación ni permite señalar un contaminante concreto como causa. Dillon ya advirtió en julio de 2025 de que hablar de «perros mutantes» simplifica los resultados, porque las diferencias genéticas halladas no se deben a mutaciones.
Los investigadores consideran que los perros de la zona pueden servir de modelo para estudiar cómo responde el genoma a una contaminación prolongada por radiación ionizante, metales pesados, compuestos orgánicos y otros tóxicos. Corresponderá a futuras investigaciones comprobar si esos genes ayudaron de verdad a los perros a salir adelante.
Un estudio anterior con 302 perros y tres zonas
Antes del trabajo publicado en Genes, otro equipo analizó el ADN de 302 perros que viven en libertad en la zona de exclusión. Los resultados salieron en Science Advances. Los científicos compararon al menos 129.497 marcadores del material genético, a partir de muestras de sangre recogidas entre 2017 y 2019.
Encontraron perfiles genéticos distintos en tres lugares: los perros cercanos a la central, los de la ciudad de Chernóbil y los de Slavutych, situada a 45 kilómetros de la planta. Aquel estudio tampoco permitía atribuir las diferencias a la radiación.
Curiosidades de esta noticia
¿Sabías que dos grupos de perros a 16 kilómetros son genéticamente distintos?
Los perros de la central de Chernóbil se diferencian en el ADN de los del pueblo, que está a solo 16 kilómetros. Los del pueblo se parecen más a perros de Polonia y Rusia.
¿Por qué se compararon con perros de las islas Galápagos?
Esos perros también vivieron aislados y sufrieron un intento de sacrificio masivo, pero nunca junto a un reactor. Los de la central resultaron unas dos veces más distintos de ellos que los perros de la ciudad.
¿Sabías que el ADN de estos perros destaca en 1.138 puntos?
Los perros de la planta se desmarcaron de otros grupos en 1.138 puntos del ADN, casi todos agrupados en bloques, un patrón típico cuando la selección favorece un tramo concreto.
¿Desde cuándo se reduce la población de perros de la planta?
Según el ADN, empezó a reducirse hace unas 35 a 40 generaciones, hacia el desastre de 1986 y el sacrificio posterior de animales.
Por la redacción de GUAY.news.





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