Desde las ventanas de la farmacia de Salvacañete se ven las montañas de la serranía baja de Cuenca. El local está a pocos metros de la Plaza Mayor, y en el pueblo reina una calma que se nota: a mediodía se oye el murmullo de los vecinos que vuelven a casa a comer. En ese mostrador trabaja desde hace un mes Cristina Vallés, una farmacéutica recién graduada que hasta hace poco vivía en un pueblo de Valencia.
Vallés se graduó primero en Química, y después decidió cambiar el rumbo de su carrera. Hoy regenta una farmacia rural que adquirió hace un mes, atiende a cerca de 300 personas y dedica más de 12 horas diarias a un negocio del que dice sentirse totalmente realizada. Su historia interesa porque retrata, sin épica forzada, el salto personal y profesional de quien elige un pueblo pequeño para empezar a ejercer. Ella resume el paso con una frase: «Fue cambiar toda mi vida».
De la Química a la farmacia, con un vínculo de infancia
El camino de Cristina Vallés hasta Salvacañete no fue directo. Se graduó en Química, cursó un máster e hizo una tesis. Durante el máster y la tesis empezó a estudiar Farmacia, una carrera que sacó adelante mientras trabajaba como técnico en una farmacia en Valencia. «Compaginé la carrera con mi trabajo como técnico en una farmacia en Valencia», explica.
Con Salvacañete la unía algo más que una oportunidad de negocio. Su relación con la zona viene de la infancia: su familia tuvo hace años una casa en una aldea cercana. Cuando terminó Farmacia y empezó a buscar salidas laborales, apareció la posibilidad de quedarse con la botica del pueblo. «Creo que ha sido cosa del destino», dice ella, aunque lo presenta como una opinión personal más que como una explicación.
La decisión no fue inmediata. Tuvo que reflexionar durante tiempo, porque aceptar implicaba dejar su vida en la provincia de Valencia, donde vivía en un pueblo rodeada de amigos, familiares y su pareja. Esa renuncia es la parte que más le cuesta: «Es difícil saber que no los tengo todos los días conmigo».
Un mes de trabajo intenso y de acogida vecinal
Las primeras semanas, cuenta, han sido «muy duras» en lo organizativo. Hubo que poner en marcha el negocio entre trámites y gestiones. «Papeleos, firmas, llamadas… Y el negocio que no para. Si no llego a tener a mis padres y a un compañero de trabajo, hubiera sido imposible», reconoce. Esos dos apoyos fueron, en sus palabras, decisivos para salir adelante en el arranque.
La carga de trabajo sigue siendo alta. Vallés pasa más de 12 horas al día entre el mostrador y los desplazamientos para llevar botiquines a otros tres pueblos cercanos, lo que amplía el alcance de su servicio más allá de Salvacañete. En total, la farmacia ofrece atención sanitaria a cerca de 300 personas. Pese a ese ritmo, asegura sentirse totalmente realizada.
El pueblo, por su parte, la ha recibido con generosidad. En sus primeras semanas los vecinos le han regalado tomates, almendras, pimientos y rebollones, y según cuenta, «ofrecen su ayuda para cualquier cosa». Frente al ritmo al que estaba acostumbrada, también valora el entorno: «Se agradece esta calma».
Ya ha empezado a introducir mejoras. Ha actualizado el programa informático del negocio para dispensar medicamentos con mayor rapidez, con el objetivo de mejorar la atención a los pacientes.
Qué viene ahora: un proyecto a largo plazo
De cara al futuro inmediato, Vallés quiere ampliar la oferta de la farmacia con más productos relacionados con la suplementación, con la idea de contribuir a mejorar la salud de las personas. No ha concretado fechas ni otros planes, y ella misma considera que todavía es pronto para hablar de lo que vendrá.
Su balance, de momento, es positivo. Considera que adquirir una farmacia en un pueblo rural ha sido una buena decisión y que la experiencia ha cumplido sus expectativas tanto en lo laboral como en lo personal. A cambio de alejarse de sus seres queridos, ha ganado cercanía con los pacientes, tranquilidad y autonomía en su trabajo.
Se define a sí misma con una expresión coloquial, «culo inquieto», y dice que vive el día a día y que va a disfrutar del proceso al máximo. Sobre su permanencia en Salvacañete no se compromete a ciegas, pero sí marca la dirección: «Quién sabe dónde estaré dentro de diez años. De lo que estoy segura es que esto es un proyecto a largo plazo».
«No sé qué me deparará el futuro, pero este es un proyecto a largo plazo»
Cristina Vallés, farmacéutica
Por la redacción de GUAY.news.





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