Hoy basta con programar una alarma en el móvil, pero en la Gran Bretaña industrial del siglo XIX llegar puntual al trabajo podía depender de que alguien llamara a tu ventana antes del amanecer. Quienes lo hacían se llamaban «knocker-uppers», algo así como «despertadores humanos», y cobraban por ello. Una de las más conocidas, Mary Smith, trabajó en el este de Londres y utilizaba un método tan ingenioso como inesperado: soplaba guisantes secos por un tubo para que golpearan los cristales.
Un oficio nacido de la necesidad
Para entender cómo apareció esta ocupación hay que viajar a las ciudades británicas de la Revolución Industrial. Las fábricas textiles, las minas y los grandes centros de producción necesitaban trabajadores que empezaran sus turnos a horas concretas. Llegar tarde podía tener consecuencias económicas, sobre todo para quienes vivían de un salario modesto.
Los relojes despertadores mecánicos ya existían, pero durante buena parte del siglo XIX no todas las familias podían permitirse comprar uno. Además, algunos modelos no resultaban demasiado fiables. La solución era sencilla: contratar a una persona que se encargara de despertar a los trabajadores.
Su trabajo consistía en recorrer las calles antes del amanecer y asegurarse de que sus clientes estuvieran despiertos a la hora acordada. Algunos llegaron a montar pequeños negocios, con sus propios clientes, tarifas y recorridos diarios.
Cuánto cobraban por madrugar
Estos profesionales no cobraban lo mismo a todos sus clientes. Según una investigación publicada en Journal of Victorian Culture, en 1853 despertar a una persona a partir de las seis de la mañana podía costar entre dos y tres peniques a la semana, dependiendo de la ciudad. Quienes necesitaban levantarse antes podían pagar hasta seis peniques.
La lógica era clara: cuanto más temprano había que despertar al cliente, más caro podía resultar el servicio. En invierno, cuando las mañanas eran especialmente oscuras y frías, las tarifas podían subir de forma considerable.
- Desde las seis de la mañana: entre dos y tres peniques semanales, según la ciudad.
- Antes de esa hora: hasta seis peniques.
- En invierno: tarifas que podían aumentar notablemente.
Varas, martillos y mucha precisión
Los despertadores humanos usaban instrumentos sencillos, pero tenían que saber manejarlos. Una vara suficientemente larga permitía alcanzar las ventanas de los pisos superiores sin necesidad de entrar en las viviendas. Otros trabajadores recurrían a pequeños martillos o herramientas parecidas. El objetivo era producir un sonido que llegara al dormitorio correcto.
Eso planteaba un problema curioso: cómo despertar a una persona sin despertar gratis a todo el vecindario. Había que identificar bien la ventana y hacer el ruido justo. Algunos profesionales esperaban una respuesta que confirmara que el cliente ya estaba despierto, aunque no todos seguían el mismo procedimiento.
La discreción y la puntualidad eran cualidades fundamentales. Quien despertaba a la persona equivocada difícilmente conservaba su clientela durante mucho tiempo.
Mary Smith y su tubo de guisantes
Entre las figuras más conocidas del oficio está Mary Smith, que trabajó en el este de Londres a comienzos del siglo XX. En lugar de golpear las ventanas con una vara, utilizaba un tubo por el que soplaba guisantes secos. Los pequeños proyectiles chocaban contra los cristales y producían el sonido necesario para despertar a sus clientes.
El fotógrafo John Topham la retrató en 1931 mientras trabajaba. Las imágenes demuestran que este oficio no se limita al terreno de las anécdotas populares: sus protagonistas fueron personas reales que encontraron una forma de ganarse la vida atendiendo una necesidad cotidiana.
Mary Smith, además, no fue una excepción en un negocio supuestamente masculino. Las investigaciones históricas han documentado la participación de mujeres e incluso de menores en esta actividad.
Un negocio que también prosperaba
En Manchester, otra trabajadora llamada Mary Filleroft consiguió prosperar con su negocio. Según informaciones publicadas en 1853, sus ingresos le llegaron a permitir dedicarse también al préstamo de dinero. No todos los despertadores humanos vivían en la pobreza ni ejercían la ocupación como último recurso.
¿Quién despertaba al despertador?
La pregunta parece inevitable: si alguien tenía que levantarse antes que todos los demás, ¿quién se encargaba de despertarlo? En realidad no existía una única respuesta. Algunos organizaban sus horas de sueño para permanecer despiertos durante la noche. Otros combinaban esta actividad con ocupaciones que ya los obligaban a recorrer las calles de madrugada.
También hubo policías que complementaron sus ingresos despertando a vecinos durante sus rondas. Lo que para unos era una necesidad, para otros se convirtió en una oportunidad laboral.
El final de los despertadores humanos
Con el abaratamiento y la expansión de los despertadores domésticos, el oficio fue perdiendo clientes. Su desaparición, sin embargo, no fue inmediata: en algunas localidades industriales británicas se siguió practicando hasta bien entrado el siglo XX.
Hoy queda la imagen de una mujer en una calle de Londres, con un tubo en los labios y un puñado de guisantes secos, atendiendo con ingenio una necesidad de sus vecinos.
Curiosidades de esta noticia
¿Sabías que despertar antes costaba más?
En 1853, despertar a partir de las seis de la mañana costaba entre dos y tres peniques semanales, mientras que quien madrugaba más podía pagar hasta seis.
¿Por qué soplaba guisantes Mary Smith?
Los guisantes secos, lanzados con un tubo, chocaban contra los cristales y producían el sonido necesario para despertar a sus clientes sin golpear con una vara.
¿Quién despertaba al despertador humano?
No había una sola respuesta: unos organizaban su sueño para estar despiertos de noche y otros combinaban el oficio con trabajos de madrugada. Incluso hubo policías que lo hacían en sus rondas.
¿Era un trabajo solo de hombres?
No. Las investigaciones históricas han documentado la participación de mujeres e incluso de menores, y Mary Filleroft llegó a prosperar tanto que también prestaba dinero.
Por la redacción de GUAY.news.





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