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Medio ambiente

La cuenca alta del Colorado, la que más agua subterránea perdió

La cuenca alta del río Colorado perdió casi el doble de agua subterránea que la baja en la sequía de 2020 a 2022, según un estudio.

Río Colorado atravesando un cañón árido del suroeste de Estados Unidos con montañas al fondo

La cuenca del río Colorado, en el suroeste de Estados Unidos, tiene ahora un retrato mucho más preciso del agua que guarda bajo tierra. Un estudio publicado el 13 de octubre en la revista científica Water Resources Research ha calculado cuánta agua subterránea perdió esta región entre 2004 y 2023. Y ha encontrado algo que nadie esperaba: la parte alta de la cuenca, la que se creía más resistente a la sequía, fue la que más agua perdió en los peores años.

Durante la intensa sequía que afectó al suroeste del país entre 2020 y 2022, los cuatro estados de la cuenca alta (Colorado, Nuevo México, Utah y Wyoming) perdieron casi el doble de agua subterránea que la cuenca baja, formada por partes de Nevada, California y Arizona. La primera autora del trabajo, Esther Oyedele, doctoranda en geociencias en Virginia Tech, lo describe como un hallazgo inesperado que podría señalar un punto de inflexión para la región.

Hablar de pérdida de agua nunca es agradable. Pero este estudio tiene una parte valiosa. Gracias a satélites y a datos hidrológicos, los científicos pueden ver lo que pasa bajo el suelo de una cuenca enorme y corregir una idea que se daba por buena. Detectar el problema y entender sus causas es el primer paso para cuidar un río del que dependen unos 40 millones de personas, según Oyedele.

Una cuenca partida en dos

Para entender por qué sorprende el resultado, hay que saber cómo se reparte la cuenca. Los especialistas dividen su territorio en dos grandes zonas. La cuenca alta incluye partes de Colorado, Wyoming, Utah y Nuevo México. La cuenca baja abarca partes de Nevada, California y Arizona. Son siete estados que comparten un mismo río, pero con condiciones muy distintas.

La cuenca alta recibe más precipitaciones, sobre todo en forma de nieve en las Montañas Rocosas. Cuando esa nieve se derrite, una parte se filtra en el terreno y repone los acuíferos, las reservas de agua que se acumulan bajo el suelo. Por eso se la ha considerado durante mucho tiempo más resistente a los periodos secos que la cuenca baja. Era casi un dato asumido: más nieve, más recarga, más margen cuando llueve poco.

«La cuenca alta del río Colorado se ha considerado históricamente más resistente porque recibe más precipitaciones, sobre todo nevadas en las Montañas Rocosas», explicó Esther Oyedele en un correo electrónico (traducido del inglés).

La cuenca baja lo tiene más difícil por naturaleza. Con menos lluvia y menos nieve, recibe menos recarga de agua subterránea, es decir, menos reposición desde otras fuentes de agua. Además, suele tener tasas de evaporación más altas. Y soporta una demanda de agua considerable: de los 40 millones de personas que dependen del río Colorado para abastecerse, unos 30 millones viven en la cuenca baja, según la investigadora.

Con ese reparto, lo lógico era pensar que la cuenca baja sufriría más en una sequía. Tiene menos recarga, más evaporación y mucha más gente que abastecer. Los datos del nuevo estudio, sin embargo, cuentan otra historia.

Un río que lleva menos agua

El contexto ayuda a entender por qué cada medición importa. Por el calentamiento global y por un reparto excesivo del agua del río fijado en un documento de 1922, el caudal del Colorado es hoy un 35 % menor que su media del siglo XX. El estudio califica de alarmante la escasez de agua en la cuenca. En agosto, el lago Mead y el lago Powell, los dos mayores embalses de Estados Unidos, bajaron a mínimos históricos.

En una cuenca así, el agua subterránea funciona como una reserva de seguridad. Cuando el agua de los ríos y embalses escasea, los acuíferos son el colchón al que se recurre. Por eso conocer su estado con precisión es tan útil.

Lo que han visto los satélites

El equipo combinó datos de satélites con datos hidrológicos para estimar el agotamiento del agua subterránea en toda la cuenca entre 2004 y 2023. Usó mediciones de agua superficial, de humedad del suelo y del agua almacenada en forma de nieve. También incorporó observaciones de la misión GRACE (Experimento de Recuperación de la Gravedad y el Clima) y de su sucesora, GRACE-FO.

Esa suma de fuentes permite algo muy difícil de lograr solo con mediciones sobre el terreno: una visión de conjunto de toda la cuenca y de todo el periodo entre 2004 y 2023. Así se pueden comparar años húmedos y años secos, y la cuenca alta con la baja, con el mismo método.

Las cifras principales

  • Entre 2004 y 2023, la cuenca del río Colorado perdió en total 58,3 kilómetros cúbicos de agua subterránea, el equivalente a 25 millones de piscinas olímpicas.
  • Durante la sequía de 2020 a 2022, la cuenca alta perdió alrededor de 17,5 kilómetros cúbicos de agua subterránea.
  • En esos mismos años, la cuenca baja perdió unos 9,4 kilómetros cúbicos.
  • El agotamiento del agua subterránea fue un problema persistente durante todo el periodo estudiado, pero las pérdidas se aceleraron en 2019.

Según Oyedele, la causa principal de esa aceleración es la sequía de tres años que comenzó en 2020. Esa sequía actuó por tres vías a la vez. Redujo el manto de nieve de las Montañas Rocosas. Aumentó la evaporación. Y disparó la demanda de agua en toda la cuenca. Menos entrada de agua, más salida por evaporación y más consumo: los tres efectos empujaron en la misma dirección.

Por qué la cuenca alta perdió más

Los investigadores reconocen que no está claro por qué el déficit es tan superior en la cuenca alta. Oyedele apunta dos pistas.

La primera es su cercanía a las montañas y su dependencia de ellas para recargar los acuíferos. Al derretirse, parte de la nieve repone el agua subterránea. Por eso, la reducción de las nevadas entre 2020 y 2022 habría afectado especialmente a la cuenca alta, según la investigadora. Lo que en años normales es su gran ventaja, la nieve de las Rocosas, se convierte en su punto débil cuando esa nieve falta.

La segunda pista tiene que ver con el punto de partida. En los periodos húmedos anteriores a la sequía, la cuenca alta registró más recarga de acuíferos que la baja. Es posible, explica Oyedele, que el fuerte descenso durante la sequía estuviera relacionado con que la cuenca alta tenía al principio más agua subterránea. Dicho de otra forma: quien más agua tiene acumulada, más puede perder cuando llegan los años secos.

Dos formas distintas de perder agua

El trabajo dio un paso más. Con métodos estadísticos avanzados, el equipo estudió la relación entre el agua subterránea y el agua superficial, la de ríos y embalses. Y comprobó que cada mitad de la cuenca se comporta de forma diferente.

En la cuenca alta, el nivel del agua subterránea evoluciona en la misma dirección que el del agua superficial, aunque con un ligero retraso. Eso sugiere que las pérdidas se deben a la falta de recarga y a un mayor bombeo de los acuíferos durante las sequías, cuando baja el agua en superficie. Es un patrón que se puede seguir: cuando la superficie se seca, el subsuelo responde poco después.

En la cuenca baja, el vínculo es más débil y más complejo. Durante el periodo estudiado, las pérdidas de agua subterránea a veces se adelantaron a los descensos del agua superficial. Es decir, el agua del subsuelo no bajaba solo porque se filtrara menos agua desde la superficie, ni solo porque se extrajera más cuando escaseaba la de los ríos. Según Oyedele, lo que ocurre es que el agua subterránea se está sobreexplotando de forma constante.

«Esta distinción es importante porque indica que el agotamiento del agua subterránea no es simplemente una respuesta directa a la escasez de agua superficial. El uso humano del agua, sobre todo la extracción continuada de agua subterránea, también puede tener un peso importante», señaló Oyedele (traducido del inglés).

Separar las dos dinámicas tiene valor práctico. En la cuenca alta, la sequía y la falta de nieve marcan el ritmo. En la baja, el uso continuado del agua subterránea pesa también, haya o no sequía en superficie. Saber qué ocurre en cada zona permite mirar cada problema con la herramienta adecuada.

Lo que cambia a partir de ahora

La principal lección del estudio es una advertencia útil: en una cuenca bajo presión, no conviene dar nada por supuesto. La cuenca alta tenía fama de resistente por su nieve y sus lluvias. Los datos de 2020 a 2022 muestran que esa fama no la protege cuando la sequía reduce precisamente esa nieve.

«Creo que la conclusión importante es que no deberíamos dar por hecho que la cuenca alta seguirá siendo relativamente resistente solo porque históricamente ha recibido más precipitaciones y deshielo», explicó Oyedele (traducido del inglés).

Esa es la parte más aprovechable del trabajo. Durante mucho tiempo, la atención se ha centrado en la cuenca baja, la más poblada y la más seca. El estudio pone el foco también en la alta, que hasta ahora se daba por segura. Conocerlo con datos permite que nadie se lleve una sorpresa la próxima vez que lleguen años secos.

El otro aprendizaje es metodológico. Las observaciones de las misiones GRACE y GRACE-FO, combinadas con mediciones de agua superficial, humedad del suelo y nieve, han permitido seguir la evolución del agua subterránea de una cuenca entera entre 2004 y 2023. Sin esa continuidad, sería muy difícil detectar que las pérdidas se aceleraron en 2019 o comparar con el mismo método lo que ocurrió en la cuenca alta y en la baja.

Quedan preguntas abiertas. Los propios investigadores admiten que no está claro por qué el déficit fue tan superior en la cuenca alta. Las explicaciones que apunta Oyedele, la dependencia de la nieve de las montañas y una mayor cantidad inicial de agua subterránea, son posibles, pero no definitivas. Y en la cuenca baja, el estudio señala la extracción continuada de agua subterránea como un factor que puede tener un peso importante.

Mientras tanto, el río sigue con un caudal un 35 % menor que su media del siglo XX, y sus dos grandes embalses, el lago Mead y el lago Powell, bajaron en agosto a mínimos históricos. Con unos 40 millones de personas que dependen de su agua, cada dato fiable sobre lo que ocurre bajo tierra cuenta. Este estudio aporta uno importante: la resistencia de una cuenca no se presupone, se mide.

Los datos oficiales sobre el caudal y los embalses del río están en la web de la Oficina de Reclamación de EE. UU.

Preguntas frecuentes

¿Qué ha descubierto el estudio sobre el río Colorado?

Que durante la sequía de 2020 a 2022 la cuenca alta (Colorado, Nuevo México, Utah y Wyoming) perdió alrededor de 17,5 kilómetros cúbicos de agua subterránea, casi el doble que la cuenca baja, que perdió unos 9,4 kilómetros cúbicos.

¿Por qué sorprende el resultado?

Porque la cuenca alta se ha considerado durante mucho tiempo más resistente a la sequía, ya que recibe más precipitaciones, sobre todo nevadas en las Montañas Rocosas, según Esther Oyedele, primera autora del estudio.

¿Cómo se midió el agua subterránea?

Con datos de satélites e hidrológicos: mediciones de agua superficial, humedad del suelo y agua almacenada en forma de nieve, además de observaciones de las misiones GRACE y GRACE-FO, entre 2004 y 2023.

¿Cuánta agua subterránea ha perdido la cuenca en total?

Entre 2004 y 2023, 58,3 kilómetros cúbicos, el equivalente a 25 millones de piscinas olímpicas. Las pérdidas se aceleraron en 2019.

Por la redacción de GUAY.news.

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