Mucho antes de que existieran las flotas submarinas modernas, un ingeniero de Figueres botó en el puerto de Barcelona una nave que no avanzaba a fuerza de brazos, sino con motor. Era el Ictíneo II, botado el 2 de octubre de 1864 e ideado por Narcís Monturiol, y hoy se le considera de forma muy extendida el primer submarino «verdadero» de la historia.
La razón es sencilla de enunciar y difícil de lograr en su época. Frente a otros ingenios sumergibles contemporáneos, como el USS Alligator o el CSS Hunley, que dependían de la tracción humana, el Ictíneo II fue concebido para aprovechar la propulsión mecánica. Además, resolvía un problema que atormentaba a los pioneros de la navegación submarina: cómo respirar sin tener que subir a la superficie cada poco tiempo.
Su historia, sin embargo, no acaba con un triunfo comercial ni militar. Las ayudas prometidas nunca llegaron, Monturiol no patentó su creación y la nave terminó embargada y vendida como chatarra. Murió en 1885, pobre e ignorado. Un siglo y medio después, su legado sigue presente en Barcelona y en otros submarinos catalanes más recientes.
Antecedentes: el Ictíneo I y la idea de un segundo submarino
El camino hasta el Ictíneo II empezó en 1858, cuando Monturiol construyó su primer submarino, el Ictíneo I. Aquella nave se movía con hélices accionadas a mano por cuatro tripulantes. Con ella realizó más de 50 inmersiones hasta que sufrió un accidente.
La experiencia tuvo dos lecturas. Por un lado, demostraba que la idea funcionaba. Por otro, dejaba claro que la fuerza humana era un límite para cualquier proyecto que quisiera ir más lejos. La inscripción de su propia lápida recuerda esas primeras navegaciones, que sitúa en aguas de Barcelona y Alicante entre 1859 y 1862.
Tras ese éxito inicial, Monturiol decidió dar un salto. Para financiar un segundo submarino, solicitó por carta el apoyo del público. La respuesta fue notable: la prensa y el entusiasmo popular llegaron a presionar al gobierno de Isabel II, que prometió ayudas oficiales. Esas ayudas, sin embargo, nunca se materializaron.
De la idea a la botadura: fechas y sociedad
En 1862 comenzó la construcción del nuevo submarino, concebido para ser más seguro, más productivo y el doble de grande que el anterior. Dos años después, en 1864, se creó la sociedad La Navegación Submarina. Ese mismo año, el 2 de octubre, el Ictíneo II fue botado en el puerto de Barcelona.
La botadura marcó el inicio de la fase de pruebas, pero la nave aún no tenía la propulsión con la que más tarde se la identificaría. Inicialmente el Ictíneo II no contaba con motor a vapor. Este se le añadió tres años después, con un objetivo concreto: alcanzar 2,5 nudos y poder atravesar corrientes en contra. Para incorporarlo, Monturiol acudió al ingeniero industrial Josep Pascual Deop.
La cronología de los primeros años resume el ritmo del proyecto. Entre 1858 y la botadura de 1864 transcurrieron seis años de trabajo, a los que siguieron las primeras inmersiones del nuevo submarino en mayo de 1865.
Un casco de olivo y cobre para resistir la presión
El Ictíneo II medía 17 metros de eslora, 3 metros de manga y 3,5 metros desde la quilla hasta la cúpula. Estaba preparado para albergar a 20 tripulantes, de los que 16 se encargaban de la propulsión. Eran dimensiones muy generosas para una nave submarina de mediados del siglo XIX, y reflejan la ambición del proyecto.
Su casco era doble y estaba construido en madera de olivo, con refuerzos de roble y una capa de cobre pensada para resistir la presión del agua. Era una solución artesanal, propia de una época en la que los grandes cascos de acero aún no se habían impuesto en este campo.
Para controlar los ascensos y descensos, el submarino disponía de un sistema de tanques, válvulas y un peso móvil. Con estos elementos, la tripulación podía ajustar la flotabilidad de la nave y navegar a distintas profundidades de forma deliberada, no al azar.
Las claves técnicas del Ictíneo II
- Propulsión: motor de combustión en superficie y motor de vapor añadido tres años después de la botadura.
- Casco: doble, de madera de olivo, con refuerzos de roble y capa de cobre.
- Control de profundidad: tanques, válvulas y un peso móvil.
- Aire: la reacción química del motor generaba oxígeno suficiente para dos hombres.
Respirar bajo el agua: la idea más ingeniosa
Si hay un detalle que explica por qué el Ictíneo II se considera adelantado a su tiempo, es su solución para el aire. El motor ideado se basaba en una mezcla de zinc, dióxido de manganeso y clorato de potasio. Esta reacción generaba una fuente caliente que servía para calentar agua en un horno y producir energía para la propulsión.
Lo notable es que la misma reacción química generaba también oxígeno, suficiente para dos hombres. Eso evitaba tener que salir a la superficie para obtener aire respirable, uno de los grandes obstáculos de la navegación submarina de la época. Se trataba de una idea que resolvía a la vez dos problemas, la energía y el aire.
Las cifras del motor muestran también cómo se repartía el trabajo. En superficie, el motor de combustión tenía una potencia de 8 CV, con dos pistones y quemando carbón. El motor de vapor, con un único pistón, ofrecía 2 CV. Son potencias modestas para los estándares actuales, pero suficientes para un proyecto que quería demostrar que una nave podía moverse bajo el agua sin músculo humano.
Las pruebas: inmersiones, profundidades y tiempos
La primera inmersión del Ictíneo II tuvo lugar el 20 de mayo de 1865, descendiendo hasta 27,5 metros. Permaneció bajo el agua unas 8 horas y llegó a alcanzar 50 metros de profundidad. A lo largo de unos tres años, el submarino realizó más de 20 inmersiones exitosas.
El Ictíneo II en cifras
- Eslora: 17 metros; manga: 3 metros; altura de la quilla a la cúpula: 3,5 metros.
- Tripulantes previstos: 20, de los que 16 se encargaban de la propulsión.
- Primera inmersión (20 de mayo de 1865): 27,5 metros de profundidad.
- Tiempo máximo bajo el agua: unas 8 horas.
- Profundidad alcanzada: 50 metros.
- Profundidad de diseño teórica: 500 metros.
- Velocidad objetivo: 2,5 nudos.
- Motor de combustión en superficie: 8 CV; motor de vapor: 2 CV.
- Inmersiones exitosas: más de 20 durante tres años.
Estas cifras reflejan la distancia entre lo logrado y lo proyectado. La profundidad de diseño teórica era de 500 metros, muy por encima de los 50 que se alcanzaron. Aun así, para una nave de madera de olivo construida en el siglo XIX, descender a 50 metros durante horas suponía un logro técnico notable.
Monturiol también diseñó un cañón a bordo, pero su fuerza causaba graves daños estructurales en la nave. El intento de convencer a las autoridades militares no prosperó. Sus desarrollos se orientaban sobre todo al rescate de marineros y a la exploración submarina, aunque dedicó tiempo a un tratado sobre submarinos de guerra.
Del éxito técnico a la ruina
Pese a las pruebas, el proyecto no logró sostenerse. La falta de ayudas oficiales fue decisiva: la presión de la prensa y del entusiasmo popular no se tradujo en el apoyo prometido por el gobierno de Isabel II. A ello se sumaron la escasa capacidad de negocio de Monturiol y el poco interés de la Armada Española. Todo ello acabó con el invento tras unos tres años de inmersiones.
Monturiol nunca patentó su invención y no pudo pagar las facturas, por lo que el Ictíneo II fue embargado. Las piezas originales se perdieron al venderse como chatarra. Murió en 1885, pobre e ignorado. Seis años después, en 1891, se publicó su «Ensayo sobre el arte de navegar por debajo del agua».
La lápida de Monturiol en Barcelona describe su labor sin aspavientos. Dice así:
«Aquí yace don Narciso Monturiol, inventor del Ictíneo, primer buque submarino, que navegó por el fondo del mar en aguas de Barcelona y Alicante en 1859, 1860, 1861 y 1862»
Inscripción de la lápida de Monturiol, Barcelona
Un legado que sigue navegando
La memoria del Ictíneo II ha tenido una vida accidentada. Una réplica del submarino estuvo expuesta en el puerto de Barcelona hasta 2010, cuando las autoridades decidieron retirarla para restaurarla. En febrero de 2023, el Museu Marítim de Barcelona desmontó la réplica del Ictíneo I que presidía su jardín por su mal estado, con la intención de construir una nueva, sin fecha indicada.
Más allá de las réplicas, la herencia de Monturiol ha cobrado forma en otros proyectos. En 2013, la empresa catalana Ictineu Submarins terminó, tras una década de desarrollo, el Ictineu 3. Se trata de un submarino tripulado para tres personas, capaz de llegar a 1.200 metros de profundidad. Se financió en parte con donaciones y micromecenazgo, igual que el Ictíneo II siglo y medio antes.
El paralelismo es llamativo: igual que Monturiol pidió ayuda al público por carta para construir su segundo submarino, la empresa catalana recurrió al micromecenazgo para levantar el suyo. Dos épocas muy distintas y un mismo recurso, la implicación de la gente corriente en un proyecto científico y técnico.
Qué significa y por qué importa
El Ictíneo II es ampliamente considerado el primer submarino «verdadero» por estar propulsado por motores y no por tracción humana. Según se destaca, su motor de combustión no fue igualado hasta los años 40 por la armada alemana. Esa distancia temporal da idea de lo adelantado que iba.
Su historia refleja también la dificultad de reconocer a los pioneros de cada época. Monturiol tuvo la idea, construyó la nave, la probó y reunió el entusiasmo de la gente, pero no logró el respaldo ni el negocio que habrían asegurado su continuidad. Murió sin ver reconocida del todo su aportación.
Hoy, con un nuevo submarino catalán que ha superado los 1.200 metros y con la intención del Museu Marítim de Barcelona de recuperar sus réplicas, el nombre de Monturiol vuelve a asociarse a una forma de entender la tecnología: la que nace de una idea ingeniosa, del empeño de una persona y del apoyo de quienes creen en ella.
Por la redacción de GUAY.news.





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