Casi nada de lo que se hacía con fibras vegetales llega hasta nosotros. Las cuerdas, el cuero, la madera y los tendones se descomponen, y lo que queda en los yacimientos es sobre todo piedra. Por eso un cordón vegetal de tres cabos retorcidos, hallado en el yacimiento francés de Abri du Maras, en el sureste del país, es una pieza tan poco común: una prueba directa de que, hace decenas de miles de años, alguien sabía fabricar cuerda.
El cordón apareció adherido a la cara inferior de una lasca Levallois, un tipo de lasca de piedra tallada, recuperada in situ en el nivel 4.2 del Paleolítico medio. Está asociado a los neandertales, y su estudio ha permitido reconstruir qué sabía hacer quien lo fabricó.
Esa reconstrucción es el centro de esta historia. Para entender qué significa un hallazgo así, los investigadores no se han limitado a mirar la pieza: han combinado evidencia directa, réplicas experimentales, comparaciones con sociedades actuales y deducciones a partir de las herramientas de piedra. Contamos cómo funciona cada una de esas vías, qué aportan y dónde se quedan cortas.
El problema: una tecnología que casi nunca deja rastro
El registro arqueológico está sesgado hacia lo que sobrevive, y lo que sobrevive es la piedra. Las fibras vegetales, el cuero, la madera y los tendones se descomponen y rara vez llegan hasta el registro arqueológico. Eso crea una imagen distorsionada: se conocen al detalle los útiles líticos, pero se sabe muy poco de todo lo que se ataba, cosía, trenzaba o transportaba con materiales perecederos.
La consecuencia es que durante mucho tiempo la tecnología de fibras ha sido, en la práctica, invisible. Y eso importa porque una cuerda sirve para muchas cosas. Un cordel permite enmangar herramientas, uniendo una punta de piedra a un astil de madera. Con redes y trampas se cazan animales pequeños o peces. Las cuerdas aseguran cargas, permiten arrastrar o levantar objetos y ayudan a montar refugios. Los hilos finos sirven para coser pieles y las mallas dan lugar a bolsas.
Según el planteamiento del estudio, esa tecnología, aunque poco visible en el registro, pudo ser tan decisiva como los útiles líticos para el enmangado, el transporte de cargas, el almacenamiento y la caza con trampas. Sin embargo, durante décadas apenas se ha podido demostrar con restos concretos.
La respuesta: leer la cuerda con cuatro herramientas distintas
Ante la escasez de restos, la solución ha sido no depender de una sola fuente. El texto distingue cuatro vías de información sobre tecnologías de fibras: evidencia directa, reconstrucción experimental, analogía etnográfica e inferencia arqueológica. Cada una responde a una pregunta diferente y ninguna basta por sí sola.
Evidencia directa: el cordón de Abri du Maras
Es la vía más sólida y la más rara. El cordón está formado por tres cabos retorcidos y quedó adherido a la lasca Levallois recuperada en el nivel 4.2. El sedimento que cubría la pieza y la ausencia de alteración posterior respaldan que el cordón y la lasca entraron juntos en el depósito, un detalle clave para descartar que el cordón se colara después en el nivel.
Fabricar algo así exigía, como mínimo, obtener y preparar fibras vegetales, torsionarlas y combinar varios elementos en una estructura resistente. Para el equipo de Bruce Hardy, esa secuencia apunta a planificación técnica y conocimiento de las materias primas.
Reconstrucción experimental: el instrumento de Hohle Fels
La segunda vía parte de un objeto hallado en la cueva de Hohle Fels, en Alemania: un instrumento casi completo de marfil de mamut, de 20,4 centímetros de longitud, con cuatro perforaciones y ranuras helicoidales cuidadosamente trabajadas. Pertenece a un contexto auriñaciense de más de 35.000 años. Nicholas Conard y Veerle Rots lo interpretan como una herramienta para retorcer fibras.
Para comprobarlo, los investigadores construyeron réplicas y las pusieron a prueba con fibras de espadaña. Las réplicas indicaban que el dispositivo no solo servía para inventar una cuerda, sino para coordinar varias manos y estabilizar una operación compleja.
Analogía etnográfica: lo que cuesta una bolsa
La tercera vía recurre a sociedades actuales. Paul Sillitoe ha documentado cómo el pueblo Wola, en las Tierras Altas del sur de Papúa Nueva Guinea, fabrica bolsas de fibra. Sus cifras permiten medir el esfuerzo que supone una tecnología que apenas deja rastro, y se detallan más abajo.
Inferencia arqueológica: herramientas enmangadas sin cuerda
La cuarta vía deduce la cuerda a partir de otra cosa. Las marcas de uso, las fracturas por impacto y los patrones de desgaste en algunos conjuntos líticos de Francia y los Países Bajos apuntan a herramientas compuestas y enmangadas. Si una punta de piedra iba unida a un astil, algo la sujetaba, aunque ese algo no se haya conservado.
Las pruebas: qué dicen los datos
Los números del hallazgo sirven para situarlo en el tiempo y para entender el esfuerzo que implicaba. Estos son los principales:
- Cordón de Abri du Maras: tres cabos retorcidos, con dataciones ESR/U-series de aproximadamente 41 ± 2, 46 ± 5 y 52 ± 2 mil años, es decir, un intervalo de unos 41.000 a 52.000 años.
- Instrumento de Hohle Fels: 20,4 centímetros, cuatro perforaciones y más de 35.000 años de antigüedad.
- Producción en réplicas de Hohle Fels: unos 5 metros de cuerda en 10 minutos, unos 0,5 metros por minuto, con cuatro o cinco personas.
- Maastricht-Belvédère (Países Bajos): indicios de herramientas enmangadas de entre 250.000 y 270.000 años.
- Biache-Saint-Vaast (Francia): indicios de enmangado con una antigüedad propuesta de entre 175.000 y 240.000 años.
El texto matiza que, para Abri du Maras, es más riguroso hablar de un intervalo de dataciones que de una fecha única. Las tres mediciones no coinciden en un solo valor, y por eso el cordón se sitúa en esa horquilla y no en un año concreto.
Las cifras de los Wola ayudan a dimensionar el trabajo. En esa sociedad, la recolección, separación y secado de la materia prima para la cuerda de una bolsa lleva unas 14 horas; la torsión para preparar los cordones, entre 65 y 80 horas; y el trenzado final de la bolsa, entre 100 y 160 horas.
Por qué importa la torsión
La resistencia de una cuerda procede de la torsión en direcciones opuestas, que distribuye la carga y evita que el conjunto se deshaga. Reproducir una cuerda prehistórica exige seleccionar la planta adecuada, separar las fibras sin destruirlas, controlar la humedad y mantener una torsión estable: un descuido deshace el conjunto.
Qué significa para la imagen de los neandertales
Según el texto, el cordón de Abri du Maras constituye una evidencia directa de tecnología de fibras asociada a los neandertales. La interpretación de fondo es que esta tecnología sugiere una capacidad técnica antigua, planificada y compartida.
El matiz de «compartida» no es casual. Las pruebas de Hohle Fels indican que la operación se beneficiaba de varias manos, y las cifras de los Wola sugieren jornadas enteras de trabajo y, probablemente, varias manos coordinadas. De ahí que el texto abra preguntas sobre quién realizó la tarea del cordón de Abri du Maras y cómo se repartía el trabajo, cuestiones que de momento quedan sin respuesta.
También hay un efecto sobre cómo se interpretan las herramientas de piedra ya conocidas. Antes del cordón de Abri du Maras, los indicios funcionales en conjuntos líticos de Francia y los Países Bajos ya sugerían herramientas enmangadas desde hace 175.000 a 270.000 años, aunque sin cuerda conservada. El nuevo hallazgo no demuestra por sí solo que aquellas piezas llevaran cuerda, pero hace más verosímil que sí.
Los límites: lo que no se puede afirmar
Un reportaje de soluciones tiene que contar también dónde falla el método. Aquí hay varios límites que conviene tener presentes.
El primero es que el cordón no identifica por sí mismo a su fabricante. El texto lo vincula a los neandertales como «asociado a» ellos, pero quién lo hizo queda abierto según el propio artículo.
El segundo es que las cifras de los Wola son una analogía etnográfica. Proceden de sociedades actuales y no describen directamente la economía laboral de los neandertales ni de los cazadores-recolectores europeos. El texto es explícito: no implican «misma cultura, mismo gesto». Las 65 a 80 horas de torsión, por tanto, corresponden a los Wola, no a los neandertales. Sirven para dimensionar el esfuerzo potencial, no para atribuirlo.
El tercero afecta a la velocidad de producción. La cifra de 0,5 metros por minuto en Hohle Fels es una medición experimental, no una velocidad atribuible automáticamente a los grupos auriñacienses.
El cuarto tiene que ver con los indicios de enmangado. En Maastricht-Belvédère y Biache-Saint-Vaast no se conserva cuerda alguna y no puede identificarse con seguridad el material de unión. Además, la antigüedad de Biache-Saint-Vaast es una propuesta con intervalo, no una datación cerrada. Son inferencias razonables, no pruebas directas.
Qué se puede aprender y qué viene ahora
La lección metodológica es que, cuando lo que se busca casi nunca se conserva, conviene cruzar fuentes que se compensan entre sí. La evidencia directa ancla el hallazgo en un lugar y una fecha; la experimentación comprueba qué es técnicamente posible; la etnografía da una escala de esfuerzo; y la inferencia conecta lo que se ve en la piedra con lo que debió de existir en materiales perecederos. Ninguna vale sin las demás, y las cautelas de cada una limitan lo que se puede concluir de las otras.
En cuanto al futuro, el texto no menciona ninguna fase de investigación ni plazo concreto. Lo que sí deja claro son las preguntas abiertas: quién realizó la tarea del cordón de Abri du Maras y cómo se repartía el trabajo. Mientras no aparezcan más restos, el cordón de tres cabos de Abri du Maras seguirá siendo una rareza valiosa: un fragmento de una tecnología que, por su fragilidad, casi nunca llegó hasta nosotros.
Por la redacción de GUAY.news.





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