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Ciencia

Por tierra, no todos los caminos llevaban a Roma, según un estudio

Un estudio en Nature Communications, con participación de la Universidad Autónoma de Barcelona, revela que la red de calzadas romanas era descentralizada y que Bizancio era su nodo clave.

Antigua calzada romana de piedra que avanza por una loma herbosa con montañas y nubes al fondo
Foto: Basotxerri (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

Un equipo internacional ha analizado con herramientas de ciencia de redes casi 300.000 kilómetros de calzadas romanas que unían Europa, Oriente Próximo y el norte de África. Su hallazgo desmonta el refrán: por tierra, no todos los caminos llevaban a Roma. El nodo más conectado del imperio era Bizancio, la futura Constantinopla y actual Estambul.

El estudio, publicado este mes en la revista Nature Communications, está liderado por el arqueólogo Tom Brughmans, de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), con la colaboración de Adam Pazout, investigador de la Universidad Autónoma de Barcelona. Se basa en Itiner-e, un atlas digital de las vías romanas publicado el año pasado.

Una red de 10.516 nodos

La red analizada tiene 10.516 nodos y 14.901 tramos. Los investigadores calcularon qué caminos concentraban más rutas óptimas entre dos puntos cualesquiera, ponderando el tiempo de viaje a pie según la pendiente.

El resultado es una red descentralizada. Los corredores de mayor tránsito terrestre eran las vías costeras del norte de África, el Levante, el sur de Francia y el noroeste de Hispania, además de grandes valles fluviales como los del Po, el Rin y el Danubio. La ruta más central a escala continental enlazaba ciudades como Lepcis Magna, Alejandría, Antioquía, Nicomedia, Bizancio, Sérdica (Sofía), Aquilea y Narbona. Veinticuatro de las 45 capitales provinciales figuraban entre los nodos más centrales.

Roma, en cambio, quedaba al margen de las rutas terrestres más eficientes incluso dentro de Italia: el tráfico de paso prefería la costa adriática. La capital era imbatible como puerto del Mediterráneo, pero no como cruce de caminos. En regiones como Egipto, Grecia o la fachada atlántica, los valores bajos indican que la movilidad dependía más de los ríos y del mar.

Menos líneas rectas de lo que se cree

El trabajo también matiza otra idea extendida: la obsesión romana por la línea recta. Los tramos rectos aparecen donde el terreno lo permitía sin gran esfuerzo, como en las llanuras de Bélgica, el norte de Francia o el valle del Po. En la montaña, los ingenieros se adaptaban al relieve.

En los Alpes o los Pirineos, las pendientes se ajustaban para no superar el 9 %, el límite para que los carros tirados por bueyes o mulas avanzaran sin volcar ni agotar a los animales. Preferían trazar curvas en zigzag antes que acometer obras inasumibles.

Un trazado que aún usamos

El análisis señala además una gran coincidencia entre la densidad de las calzadas romanas y las redes de carreteras actuales. En España, el trazado de la antigua Vía Augusta, que unía Cádiz con los Pirineos, coincide en buena parte con la actual N-340 a su paso por el Mediterráneo. Los romanos identificaron los corredores naturales más lógicos, y dos milenios después seguimos circulando por ellos.

Por la redacción de GUAY.news.

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