Nueve mujeres del siglo V, enterradas con joyas de oro, plata y bronce en Mérida, llevan desde 2021 el apodo de «princesas suevas». Ahora su ADN ha contado algo que nadie esperaba. Junto a ellas descansa un joven cuya hermana fue enterrada a 725 kilómetros, en una antigua posada romana de Castellón.
El hallazgo forma parte de un gran estudio genético publicado en la revista científica Cell. Lo lideran el Instituto de Biología Evolutiva (IBE, CSIC-UPF), el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, la Universidad de Harvard y la Universidad del País Vasco (EHU). El equipo ha analizado 243 individuos antiguos procedentes de 31 yacimientos arqueológicos de toda la península. Todos vivieron entre los siglos I y VIII después de Cristo.
Son más de 700 años de historia leídos en los genes. La conclusión general también sorprende. La gran transformación de la población de Hispania llegó con Roma. La llegada de suevos, vándalos, alanos y visigodos, en cambio, no sustituyó a la gente que ya vivía aquí.
Nueve mujeres en un solar de Mérida
Todo empezó de forma fortuita. Los arqueólogos excavaban el Corralón de los Blanes, un gran solar situado en el número 41 de la calle Almendralejo, en Mérida. En los niveles superiores de una necrópolis del periodo romano tardío aparecieron las tumbas de nueve mujeres del siglo V. Algunas eran todavía niñas. La más pequeña tenía seis años.
Los restos estaban en excelente estado de conservación. Y llevaban un ajuar lujoso: broches, anillos, pendientes y collares de oro, plata y bronce, al estilo germánico. Entre los objetos había también alfileres de oro. No había duda de que eran mujeres nobles y privilegiadas.
En 2021 se presentaron como las princesas suevas de Mérida. Probablemente formaban parte del séquito del rey Requila, que convirtió la ciudad en la capital de su reino cuando el poder del Imperio romano se degradaba. En aquel momento hablaron los huesos, las piedras y las joyas. Cinco años después, les ha llegado el turno a los genes.
Dos hermanos separados por 725 kilómetros
El análisis genético ha permitido reconstruir algunas historias individuales de estas nobles. La más llamativa es la de dos hermanos, un chico y una chica, que murieron a 725 kilómetros el uno del otro.
Él fue enterrado en Mérida, junto a las princesas suevas. Ella terminó sus días en Ildum, una antigua estación romana de Castellón situada junto a la Vía Augusta. También era noble. Su ajuar es exactamente el mismo que el de las jóvenes de Mérida.
Ildum era una posada que funcionaba de forma muy parecida a las áreas de servicio de las autopistas actuales. Allí se podían cambiar los caballos cansados por otros frescos. Había alojamiento, taberna y servicio de correo.
El parentesco salió a la luz por casualidad, según Carles Lalueza-Fox, experto en ADN antiguo, director del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, investigador principal del IBE y corresponsable del estudio. Un arqueólogo le habló del enterramiento de una mujer en la posada de Ildum. Entre sus restos había unas largas agujas de oro, unas joyas para sujetar el vestido indiscutiblemente germánicas.
El equipo analizó una muestra tomada de un diente y llegó la sorpresa. Aquella mujer era la hermana de un joven enterrado en Mérida junto a las princesas suevas.
Él no tenía adornos, porque tradicionalmente solo las mujeres se despedían engalanadas. Pero la joven enterrada justo a su lado lleva unas agujas de oro que, según Lalueza-Fox, son «exactamente iguales a las de su hermana». Esas joyas idénticas ayudan a entender el vínculo entre las dos tumbas.
El investigador explica por qué el caso es tan especial:
«La historia de los dos hermanos es increíble, porque hasta ahora, el récord previo de separación entre parientes de primer grado descubiertos en yacimientos distintos ha sido de seis kilómetros, en la Edad del Cobre en Inglaterra. Aquí estamos hablando de 725 kilómetros siguiendo las calzadas romanas».
Los análisis indican además que los dos hermanos eran migrantes germánicos de primera generación.
¿Qué hacía ella tan lejos de la corte?
Es un misterio. Javier Heras, arqueólogo de la Junta de Extremadura y coautor del artículo, cree que el caso es un ejemplo de algo más amplio. La dispersión geográfica de estas poblaciones era mayor de lo que se pensaba. Heras plantea una posibilidad:
«¿Quién te dice que, en un momento dado, para sellar una alianza, el rey suevo no deja a su hija o a una aristócrata en manos de otro grupo?»
Quizá ese fue el destino de la mujer de Castellón. También es posible que acompañara al rey en un viaje y no volviera jamás. Por ahora son hipótesis. El ADN confirma que eran hermanos, pero no explica por qué acabaron tan separados.
Lo que cuentan 243 genomas
Más allá de la historia de los hermanos, el estudio dibuja un retrato muy completo de quiénes vivían en la península. La Hispania romana era extraordinariamente diversa. Sus habitantes compartían antepasados con poblaciones del Mediterráneo oriental y del norte de África. Y conservaban una importante herencia de los antiguos pueblos indígenas. Esa mezcla siguió viva después de la desaparición del Imperio romano de Occidente.
Las legiones romanas desembarcaron en la península en el 218 antes de Cristo. Encontraron un territorio habitado por comunidades con tradiciones culturales muy diferentes. La conquista avanzó durante casi dos siglos, hasta las campañas de Augusto en el norte. Roma transformó las ciudades, las comunicaciones, la economía y las lenguas. También impulsó movimientos de población cuya importancia había sido difícil de medir hasta ahora.
Estos son algunos de los datos del estudio sobre la época romana:
- El 83 % de los individuos analizados del periodo romano tenía ascendencia relacionada con el Mediterráneo oriental.
- Esa influencia es especialmente notable en las regiones costeras del sureste y en el valle del Ebro.
- En los yacimientos romanos estudiados del sureste peninsular, 33 de 34 individuos mostraban ascendencia norteafricana.
- La proporción media de esa ascendencia norteafricana rondaba el 27 %.
Los contactos entre ambas orillas del Mediterráneo fueron, por tanto, mucho más que intercambios comerciales. Lalueza-Fox lo resume así:
«La romanización no fue únicamente una transformación política, lingüística y cultural. Nuestros datos muestran que también fue una importante transformación demográfica, que conectó a las poblaciones locales con movimientos humanos procedentes de diferentes partes del Mediterráneo».
Una familia de cuatro generaciones en Lucena
Otro de los resultados más interesantes llega de Cortijo Coracho, cerca de Lucena, en Córdoba. Allí vivió una comunidad cristiana en los siglos IV y V. Los investigadores examinaron 31 individuos. De ellos, 30 ofrecieron información genética suficiente, y todos menos uno tenían ascendencia norteafricana.
El equipo pudo reconstruir además una familia de 16 personas repartida a lo largo de cuatro generaciones. Es un retrato familiar que ha llegado hasta hoy gracias a los genes.
Este hallazgo abre una posibilidad para los historiadores: que las migraciones desde el norte de África ayudaran a difundir el cristianismo en Hispania. Los investigadores subrayan que el dato no demuestra por sí solo cómo llegó esta religión. Pero aporta nuevos indicios sobre las relaciones humanas entre ambas costas. El peso de Cartago como centro del cristianismo latino y las rutas marítimas entre África e Hispania ayudan a entender ese contexto.
Los nuevos reyes cambiaron a los jefes, no a la gente
A comienzos del siglo V, la autoridad romana empezó a desmoronarse en distintas regiones de Hispania. En el año 409 entraron suevos, vándalos y alanos. Después, los visigodos consolidaron un reino que duró hasta el siglo VIII.
Los genes confirman que llegaron personas relacionadas con poblaciones del centro y el norte de Europa. De los 164 individuos examinados del periodo de las migraciones, 53 tenían esa ascendencia. Es aproximadamente el 32 % de la muestra, aunque en proporciones muy variables.
Aun así, la mayoría de las comunidades conservó la mezcla de orígenes que se había formado en la etapa romana. Según el estudio, la contribución genética de estos grupos germánicos en Hispania osciló entre el 12 % y el 22 %, dependiendo de la región y del contexto social.
Es la primera vez que se demuestra que estas migraciones, al contrario que la conquista romana, no dejaron una huella profunda en la composición genética de Hispania. Lalueza-Fox lo explica así:
«Seguramente fueron muy pocos. A diferencia de lo ocurrido en Gran Bretaña o los Balcanes, donde las migraciones posteriores a la época romana tuvieron un mayor impacto demográfico, en Hispania no hubo una sustitución de la población. Lo que ocurrió fue un reemplazamiento de la élite (grupos militares con sus familias), un cambio de la clase dirigente».
Las princesas suevas de Mérida encajan en ese retrato. Eran parte de una élite pequeña, noble y llegada de fuera, que convivió con una población local que ya era muy diversa.
Las preguntas que siguen abiertas
El ADN ha resuelto un parentesco, pero ha dejado otras incógnitas sobre la mesa. La primera es cómo murieron estas jóvenes. Los investigadores no han encontrado patógenos en los dos hermanos ni en el grupo de princesas suevas. Por eso descartan que una epidemia acabara con ellos. La causa de su muerte sigue siendo un misterio.
La segunda pregunta es qué llevó a la joven noble hasta una posada junto a la Vía Augusta, tan lejos de la corte de Mérida. La hipótesis de una alianza o de un viaje con el rey sigue abierta. Sus agujas de oro, idénticas a las de la muchacha enterrada junto a su hermano, son por ahora la mejor pista.
La tercera tiene que ver con el cristianismo. La comunidad de Cortijo Coracho apunta a que las personas llegadas del norte de África pudieron ayudar a extender esta religión. Confirmarlo exigirá más indicios.
Lo que sí deja claro el estudio es el valor de leer la historia en los propios restos de quienes la vivieron. Un diente de una mujer enterrada en una posada de Castellón ha bastado para unir dos tumbas separadas por 725 kilómetros. Y 243 genomas han permitido contar cómo era de verdad la gente de Hispania durante más de 700 años, más allá de los nombres de reyes y emperadores.
Preguntas frecuentes
¿Quiénes son las princesas suevas de Mérida?
Son nueve mujeres del siglo V, algunas niñas (la más pequeña tenía seis años), halladas en el Corralón de los Blanes, en la calle Almendralejo de Mérida. Tenían un ajuar de oro, plata y bronce de estilo germánico y se presentaron en 2021. Probablemente formaban parte del séquito del rey suevo Requila.
¿Qué ha descubierto el ADN?
Que un joven enterrado junto a las princesas en Mérida tenía una hermana, también noble, enterrada a 725 kilómetros, en la posada romana de Ildum (Castellón), junto a la Vía Augusta. Ambos eran migrantes germánicos de primera generación.
¿Por qué es tan llamativa esa distancia?
Según Carles Lalueza-Fox, el récord previo de separación entre parientes de primer grado hallados en yacimientos distintos era de seis kilómetros, en la Edad del Cobre en Inglaterra.
¿Cambiaron los pueblos germánicos la población de Hispania?
No de forma profunda. Su contribución genética osciló entre el 12 % y el 22 % según la región y el contexto social. Hubo un cambio de la élite dirigente, no una sustitución de la población.
Por la redacción de GUAY.news.





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