Más allá de Neptuno, en los confines helados del sistema solar, flotan pequeños mundos que guardan la memoria de cómo se formaron los planetas. Por primera vez, un grupo de científicos ha combinado la potencia de los telescopios espaciales Hubble y James Webb para estudiarlos, y el resultado ha sorprendido: los más pequeños conservan los mismos colores que sus hermanos mayores, como si «recordaran» su origen.
Los hallazgos se han publicado en dos artículos complementarios en The Astronomical Journal, en los que distintos equipos analizaron el color, la composición y el tamaño de 27 objetos transneptunianos diminutos y tenues recién descubiertos.
Fósiles de la formación de los planetas
Los objetos transneptunianos son cuerpos pequeños, tenues y helados que orbitan el Sol más allá de Neptuno. La mayoría son más de 100 millones de veces menos brillantes que lo que se ve a simple vista. Su interés científico es enorme porque ofrecen la mejor vista de una etapa temprana de la formación planetaria: cuando el polvo y los guijarros que giraban alrededor del Sol se agruparon en «planetesimales» del tamaño de una ciudad, los ladrillos de los planetas. Más allá de Neptuno, esos ladrillos nunca llegaron a unirse, y quedó una población congelada de planetesimales.
En el sondeo más profundo de estos objetos realizado hasta la fecha, equipos dirigidos por estudiantes de doctorado de la Universidad de Victoria (Canadá) y de la Universidad del Norte de Arizona observaron simultáneamente una región del cielo con Hubble, en luz visible, y con Webb, en infrarrojo. Midieron sus colores —una especie de huella dactilar de la composición de su superficie—, sus tamaños y sus órbitas.
Pequeños, pero intactos
Los astrónomos estudiaron dos grupos. Los objetos «fríos» siguen en sus órbitas originales, casi circulares. Los «calientes» se formaron entre Urano y Neptuno y fueron desplazados hacia fuera cuando los planetas gigantes migraron al principio de la historia del sistema solar.
Se esperaba que los más pequeños hubieran sufrido tantas colisiones que sus superficies serían distintas. No fue así: se parecen a los grandes. «Resulta fascinante observar cómo los objetos más pequeños, de algún modo, ‘recuerdan’ y preservan la historia de su propia formación», dice Anastasia Morgan, estudiante de doctorado de la Universidad del Norte de Arizona que dirigió el estudio sobre su color y composición. Su colega David Trilling añade que los objetos «calientes» «conservan la impronta del lugar donde nacieron».
Webb también permitió contar cuántos objetos hay de cada tamaño. Las distribuciones de ambos grupos resultaron sorprendentemente parecidas. «El proceso de formación de planetesimales acaba produciendo la misma distribución de tamaños tanto para las poblaciones frías como para las calientes», explica Marielle Eduardo, candidata a doctorado de la Universidad de Victoria. Además, encontraron menos cuerpos diminutos de lo que predecían algunos modelos.
Luciérnagas en la Luna
Webb descubrió 27 nuevos objetos muy tenues. Uno es tan poco luminoso que verlo equivale a distinguir desde la Tierra un pequeño enjambre de luciérnagas en la Luna. El más pequeño mide unos 5 kilómetros de diámetro, unas cinco veces menos de lo que pueden detectar los telescopios terrestres más sensibles. Nada de esto habría sido posible sin la colaboración de ambos telescopios: la sensibilidad de Hubble en el visible y la de Webb en el infrarrojo aportan juntas más de lo que cualquiera lograría por separado.
Por qué importa
Estos pequeños mundos helados son cápsulas del tiempo del sistema solar primitivo. Saber que han cambiado tan poco permite leer en ellos, casi intacta, la historia de cómo nacieron los planetas, incluida la Tierra. Y demuestra que dos grandes telescopios trabajando juntos pueden ver mucho más lejos que por separado.
Por la redacción de GUAY.news.





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