Más de 800 niños y jóvenes de 183 Semilleros Creativos de todo el país suben este sábado 7 de noviembre, a las 19 horas, al escenario del Zócalo de la Ciudad de México para presentar la Fiesta de Culturas Comunitarias Voces Vivas: Salvando al Fuego. Llegan con música, danza, canto y narración en sus lenguas, después de ocho días de trabajo conjunto en un campamento creativo.
El campamento se celebró en el Centro Vacacional IMSS Oaxtepec. Allí se reunieron chicos de comunidades muy distintas para preparar un espectáculo coral en el que conviven el purépecha, el amuzgo, el tének, el español y otras lenguas. Decenas de integrantes de los coros participaron en un ensayo general, con bailarines que por momentos interpretaron mariposas y una orquesta del Sistema Nacional de Fomento Musical.
Ficha
- Qué: Fiesta de Culturas Comunitarias Voces Vivas: Salvando al Fuego
- Quién: más de 800 niños y jóvenes de 183 Semilleros Creativos, con dirección de Jesusa Rodríguez
- Dónde: Zócalo de la Ciudad de México
- Cuándo: sábado 7 de noviembre de 2026, a las 19 horas
Un Zócalo convertido en espacio ritual
La dirección de la obra corre a cargo de la dramaturga Jesusa Rodríguez, que describe la propuesta como «una experiencia casi de purificación ritual en el Zócalo, espacio que tiene esa fuerza ancestral». Según adelantó, habrá una gran sorpresa: «un dispositivo gigante de madera en forma de quincunce», símbolo que representa las esquinas del mundo.
La historia que se cuenta es antigua, pero se cruza con la vida de hoy. Rodríguez explica que se trata de «una historia antigua que involucra también la vida moderna, lo que los niños viven con la migración de sus padres y volver a verlos». Y deja clara la intención del montaje: «Se trata de no folclorizar sus culturas. No es la reinterpretación del mundo indígena, es el mundo indígena».
La relato central lo narra en español Alitza Carrasco García, de Tzompantepec, Tlaxcala: «Un rayo cayó sobre la milpa. El maíz más viejo se prendió y no lo apagó la lluvia. Una abuelita sabia tomó un grano de ese maíz y lo llevó a su casa. Lo sopló con cuidado y le dio de comer hojas secas. Así nació el fuego».
La mirada de Jesusa Rodríguez sobre los chicos
Rodríguez no escatima elogios hacia los participantes. «Porque los niños traen la pureza y la naturaleza en el corazón. Hablan desde lo más profundo de México y saben vivir en comunidad. Cuando llegan aquí hacen milpa con rapidez. Aprendes mucho, porque son muy sabios», afirma.
También destaca su nivel artístico: «Parecen artistas profesionales. Les cambia la vida bailar, cantar y expresar sus lenguas, que fueron tan reprimidas tantos siglos». Y sobre las niñas de danza, comenta: «Tienen algo increíble. Si un rato las ves trabajar, ves la vocación y quién va a ser prima ballerina; otra será actriz».
Para Rodríguez, el valor del proyecto está en que los chicos hablen con sus propias voces. Por eso el espectáculo combina música, danza, canto y narración en las lenguas de cada comunidad, sin traducir la experiencia a un lenguaje ajeno a ellos.
Voces de los protagonistas
Entre los participantes está Dulce Alejandra Pérez Toro, adolescente oaxaqueña de la Sierra Juárez y saxofonista. «Somos de donde son los sones y jarabes. Tierra de músicos. Vivo dentro de la música», cuenta. Su meta es ser compositora que mantenga la tradición, y quiere abrir camino a otras mujeres: «Se ve poco a mujeres músicas. Es más de los hombres, incluso en la composición. Hoy día hay más mujeres intérpretes, pero muy pocas componen».
Su ambición va más allá de los escenarios. Pérez Toro imagina «una compositora que mantenga la tradición», con sones lentos que se disfrutan y también bailables, y quiere que se vea que «las mujeres también podemos transmitir el arte de la música». Lo resume así: «Es una de mis metas: ser un ejemplo para las mujeres, inspirar a niñas y jóvenes».
La saxofonista también relaciona la música con los saberes tradicionales. «Si una mujer está triste, la comida no sabe rico. Una mujer que esté feliz cocinando, es escribirlo, transmitir eso». Menciona además la medicina tradicional, que normalmente hacen las mujeres: «Hay cantos, versos dentro de ella. Ponerles música sería enriquecer la cultura, recuperar tradiciones».
Salvador Mendoza Molina, de Pamatácuaro, en el municipio de los Reyes, Michoacán, canta en purépecha las pirekuas Male Betulia y Male Rosita, que, según explica, hablan de «una persona muy linda que nunca la puede olvidar y que la va a seguir amando».
Cataleya, hablante de amuzgo de Tlacoachistlahuaca, Guerrero, valora el contacto con jóvenes de todo el país, que le enseñaron palabras en otros idiomas. Sobre la participación de su familia resume: «Es muy bonito». Flor de María Sabino Martínez, de 11 años, hablante de tének y originaria de Tampemoche, San Luis Potosí, quiere aprender otras lenguas y seguir ensayando para presentar el acto en el Zócalo. Entre sus gustos confiesa uno muy sencillo: «Me gustan los perros y gatos».
Qué significa la fiesta
Según Jesusa Rodríguez, la fiesta reivindica las lenguas y culturas indígenas, que, en sus palabras, fueron reprimidas durante siglos. El montaje busca mostrarlas tal como son, sin convertirlas en un espectáculo folclórico, y dar voz directa a quienes las hablan a diario.
El proyecto también pone en primer plano a las mujeres en la música y en la transmisión de saberes, según expresan las propias participantes, como Pérez Toro, que reclama más presencia femenina en la composición.
Qué viene ahora
Tras ocho días de campamento y ensayos, la cita es esta tarde en el Zócalo, a las 19 horas. Para los más de 800 participantes de los 183 semilleros será la ocasión de mostrar en un escenario de máxima visibilidad lo aprendido y compartido, y de reivindicar unas lenguas y unas culturas que, en palabras de Jesusa Rodríguez, estuvieron reprimidas durante siglos.
Por la redacción de GUAY.news.





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