Entre las más de 3.000 personas enterradas en la Abadía de Westminster hay monarcas, escritores como Charles Dickens y Rudyard Kipling y científicos como Isaac Newton y Charles Darwin. Pero uno de sus misterios más antiguos no tiene nombre ilustre: el de quien reposa, desde hace siglos, en un sarcófago romano del siglo IV que no se hizo para él.
El arqueólogo británico Warwick Rodwell, asesor de la abadía, cree haber dado con la respuesta. Tras reunir las pistas disponibles, reduce los posibles ocupantes a dos abades de Westminster y se inclina por Ælfwig, que dirigió la abadía entre 993 y 1020, unos 27 años. La identificación es probable, no segura: se apoya en las fechas de los abades y en su vinculación con Westminster, no en pruebas directas.
El caso resulta singular. Según Rodwell, nunca se ha encontrado algo así: un sarcófago romano reutilizado para un abad medieval. La pieza une la Londres romana con la Inglaterra anglosajona, justo antes de la conquista normanda.
Cómo funciona la investigación
El razonamiento de Rodwell avanza por descarte y combina arqueología, datación científica y los registros sobre los abades de la abadía:
- Se parte de la inscripción. El sarcófago lleva un texto latino que recoge Historic England: «In memory of Valerius Amandinus, made by Valerius Superventor and Valerius Marcellus for their father». Es decir, lo encargaron dos hijos para su padre en época romana.
- Se constata que el ocupante es otro. El esqueleto que alberga desde hace siglos no pertenece al romano para quien se hizo. El sarcófago se reutilizó unos 700 años después de su uso original.
- Se data el hueso. Una muestra ósea fue analizada por radiocarbono y sitúa la muerte del individuo entre 987 y 1052 d. C. La fuente no detalla el margen de error de esa datación.
- Se cruza el intervalo con la lista de abades. Wulfsige fue abad entre 988 y 993, pero dejó Westminster para ser obispo en otro lugar y probablemente no fue enterrado allí, así que Rodwell lo descarta. Quedan Ælfwig (993-1020) y su sucesor Wulfnoth (1020-1049).
- Se elige al candidato más probable. Ælfwig ya era monje de Westminster antes de ser abad, un vínculo con la abadía que inclina la balanza hacia él.
Rodwell interpreta además ciertas señales del enterramiento como prueba de que el cuerpo se cubrió con cal y se depositó en un ataúd de madera dentro del sarcófago, un detalle que ayuda a entender cómo se reutilizó la pieza.
Un hallazgo con dos fechas
La historia de la pieza es casi tan enrevesada como la de su ocupante. En 1820 unos obreros encontraron el sarcófago por casualidad al norte de la abadía y, según su propio registro, rompieron la tapa deliberadamente en varios trozos. En 1869 se «encontró» de forma oficial durante unas obras de reforma en North Green, los jardines de la zona septentrional. El motivo de esa diferencia de fechas no se explica.
Aquella tapa planteaba un problema. La inscripción apuntaba a la época de la ocupación romana, pero sobre ella había una gran cruz que, según el Smithsonian Magazine, encajaba más con la Alta Edad Media. Esa contradicción dejó la identidad del ocupante sin resolver durante mucho tiempo.
Después, la pieza tuvo otro viaje. Probablemente el sarcófago se retiró durante las obras de Enrique III, en la década de 1240, y se reenterró hacia 1258 en el patio de la nueva sacristía. La pieza con la inscripción latina puede verse hoy en las Queen’s Diamond Jubilee Galleries de la abadía.
Lo que falta por saber
Aunque Rodwell reduce el misterio a dos nombres, el propio planteamiento deja abiertas varias preguntas. No se conoce la fecha de nacimiento de ninguno de los dos abades, y la identificación depende de su relación con Westminster y no de una prueba directa. Tampoco consta cuándo se publicó el estudio de Rodwell. El texto tampoco aclara si el sarcófago romano original perteneció realmente a Valerius Amandinus, el hombre al que se dedica la inscripción.
Queda además sin respuesta qué hacía un abad del siglo XI en un sarcófago romano reciclado. Reutilizar una pieza así para un abad medieval es, según los textos, una práctica muy poco común, de modo que el caso no tiene paralelos conocidos que ayuden a explicarlo.
Rodwell apunta una vía para seguir investigando: propone que podría existir, cerca de la abadía, una villa romana y su cementerio que aún no se han descubierto. Si así fuera, explicaría de dónde salió un sarcófago del siglo IV en un lugar donde luego se levantó uno de los templos más importantes del país. No se indican otros plazos ni nuevas pruebas previstas.
Por la redacción de GUAY.news.





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