A principios de este año, un equipo de científicos del Gobierno noruego se llevó una sorpresa en las profundidades del Ártico. Estaban guiando un vehículo operado a distancia, lo que en el oficio se conoce como ROV, a lo largo del fondo marino. Es un robot submarino sin nadie a bordo que se maneja desde la superficie. Las imágenes que enviaba mostraban un paisaje casi uniforme, sin sobresaltos. Y, de repente, en una esquina de su campo de visión, apareció algo que no encajaba.
Era una mancha. A simple vista, poca cosa. Pero bastó para despertar la curiosidad del equipo, que se acercó a ver qué había allí. Lo que encontraron fue la tumba de una ballena: huesos, dientes y una pequeña comunidad de animales que vivía de ellos, escondidos bajo el sedimento.
El hallazgo fue accidental. Nadie buscaba una ballena en ese punto. Los propios investigadores lo contaron en el diario de la expedición, que publicaron en internet en mayo, y lo hicieron con un entusiasmo que se contagia. El trabajo forma parte de MAREANO, el programa nacional noruego de cartografía del lecho marino, junto al Instituto de Investigación Marina de Noruega.
Las expediciones a las profundidades tienen algo de caja de sorpresas: nunca se sabe qué va a aparecer en la pantalla. Esta lo demuestra mejor que ninguna.
Una mancha extraña en un fondo casi uniforme
El equipo detectó la mancha a lo lejos, mientras el robot avanzaba por un transecto, una línea de recorrido trazada para observar y muestrear el fondo de forma ordenada. En las imágenes de la expedición, ese punto aparece señalado con una línea blanca discontinua. A su alrededor, nada llamativo. Solo sedimento y más sedimento.
Visto de cerca, el parche resultó ser una masa densa de gusanos tubícolas. Sus cuerpos, largos y finos, se levantaban erguidos sobre el fondo, como si el lecho marino tuviera pelitos. En el fondo de los alrededores también vivían gusanos del género Notomastus, que quedaron registrados en las imágenes del robot.
En un paisaje tan homogéneo, una acumulación así de vida es una pista. Tantos animales juntos necesitan comida, y alguna fuente de alimento tenía que haber allí. Para salir de dudas, el equipo decidió tomar una muestra.
La nube negra
El ROV recogió sedimento con una cuchara de muestreo conocida como «Frankenstein». Nada más hacerlo, una nube negra y oscura cubrió brevemente la visión de la cámara. Por un momento, no se veía nada.
Cuando la nube se disipó, apareció lo que había debajo: un hábitat rico en gusanos que se retorcían, repartidos entre huesos y dientes. También quedaron huesos al descubierto y, entre la fauna del lugar, se dejó ver un crustáceo del género Saduria. Parecía una tumba bajo el agua.
Esa nube tiene explicación. Los penachos negros suelen aparecer donde hay mucha materia orgánica oculta en los sedimentos marinos. Son señal de que allí crecen bacterias y de que se consume mucho oxígeno. Dicho de forma sencilla: bajo la capa superficial había alimento en abundancia, las bacterias estaban creciendo gracias a él y el resto de la vida se había organizado a su alrededor.
El robot guardó la muestra en su compartimento y regresó a la superficie. Allí empezó la segunda parte del trabajo: abrir la muestra y descubrir qué contenía exactamente.
Máscaras antigás y espíritu de Indiana Jones
Manipular restos de un animal en descomposición tiene sus inconvenientes, y el equipo prefirió no correr riesgos. Así lo contaron en el diario de la expedición:
«El olor no era tan malo, después de todo, pero usamos máscaras antigás por precaución».
Los investigadores tamizaron el sedimento para separar los restos y fueron reuniendo los huesos en una bandeja. El ambiente era de emoción, y lo dejaron por escrito en el mismo diario:
«De verdad nos sentimos como auténticos arqueólogos, ¡como el Indiana Jones de las profundidades marinas!».
Enseguida quedó claro a qué se enfrentaban. Habían desenterrado, sin buscarlo, la tumba de una ballena.
El inventario del hallazgo
Las imágenes que compartió el equipo permiten hacer un pequeño inventario de lo que salió del fondo del Ártico:
- Huesos de ballena en cantidad suficiente para llenar una bandeja.
- Varios dientes de ballena, entre ellos uno identificado como de un cetáceo dentado.
- Unos grandes huesos negros que podrían ser huesos del oído.
- Gusanos tubícolas, gusanos del género Notomastus y un crustáceo del género Saduria, que formaban parte de la comunidad que vivía en la zona.
El diente aporta una pista sobre el animal: era una ballena dentada, del grupo de cetáceos que tiene dientes en lugar de barbas. La especie concreta no se ha detallado.
Qué es una caída de ballena y por qué importa
Lo que encontró el equipo noruego tiene nombre en biología marina: caída de ballena. Se produce cuando un cetáceo muere y su cuerpo «cae» hasta el fondo del océano. Lejos de ser un final, ese cadáver aporta vida al lecho marino. Por eso se suele comparar con un oasis en el desierto.
La comparación se entiende bien al pensar en cómo funciona el océano profundo. Allí abajo, las aportaciones de materia orgánica son escasas. Cuando llega una ballena, su carne y sus huesos en descomposición se convierten en comida para el ecosistema local. Y alrededor de esa comida aparece una comunidad de animales muy especializada.
Las caídas de ballena hacen mucho más que alimentar a quien está cerca. Estos son sus principales efectos:
- Alimentan al ecosistema local mientras la carne y los huesos se descomponen.
- Aumentan la riqueza de especies en la zona.
- Sirven de «trampolín» para que algunas especies se desplacen y se dispersen.
- Ayudan a secuestrar carbono.
- Participan en el ciclo del azufre, del nitrógeno y del fósforo.
La idea del trampolín es fácil de imaginar. En un fondo enorme y casi vacío, una ballena muerta funciona como una parada en el camino. Algunas especies pueden usarla para avanzar de un punto a otro y extenderse por el océano. Lo de secuestrar carbono significa que parte de ese carbono queda retenido en el fondo en lugar de seguir circulando.
Por todo eso, las caídas de ballena son fundamentales para los ecosistemas de aguas profundas. Y por eso mismo excavarlas puede suponer un riesgo para los hábitats locales. El equipo noruego lo resumió así en su texto para MAREANO:
«Estas observaciones sirven como un recordatorio poderoso de que incluso los paisajes del fondo marino que parecen poco notables pueden albergar, de vez en cuando, acontecimientos extraordinarios como las caídas de ballena».
La frase recoge bien lo que pasó. El robot recorría un fondo que, a primera vista, no tenía nada de especial. Y en una esquina de la imagen había una pequeña isla de vida.
Huesos que no siempre se ven
Hay otro detalle que hace valioso este hallazgo. El esqueleto de una ballena no siempre está a la vista. A veces los huesos se hunden bajo el sedimento y se vuelven mucho más difíciles de ver. El caso del Ártico lo demuestra. Los restos estaban enterrados, y las pistas que los delataron fueron la masa de gusanos que asomaba en la superficie y la nube negra que salió al tomar la muestra.
Esa es la parte buena de la historia: un ecosistema escondido, lleno de vida, que salió a la luz gracias a la atención de un equipo que no pasó por alto una mancha en apariencia sin importancia.
Un aviso útil para el futuro del fondo marino
El descubrimiento también sirve para recordar lo que podría estar en juego con la futura minería del lecho marino. El fondo del océano es rico en recursos minerales. Pero también es rico en vida, y buena parte de esa vida sigue siendo poco conocida.
Algunos científicos marinos temen que la minería en aguas profundas pueda alterar hábitats valiosos de los que todavía se sabe muy poco. Las caídas de ballena entran en esa categoría. Si los huesos quedan enterrados y no se ven, pueden quedar expuestos a futuros intereses mineros.
El precedente de Australia
Hay un ejemplo que muestra el riesgo. Durante una expedición en 2017 frente a la costa de Australia, una caída natural de ballena fue arrastrada a unos 1.000 metros de profundidad. Si las investigaciones futuras no tienen cuidado, podrían arrasar algunas de las fuentes de alimento más importantes del océano profundo.
Por eso el trabajo de cartografía tiene tanto valor. Saber qué hay en el fondo, y dónde, es el primer paso para no dañarlo sin darse cuenta. MAREANO, el programa que ha documentado esta tumba de ballena, se dedica precisamente a cartografiar el lecho marino noruego.
Mucho por descubrir
El equipo de MAREANO subrayó que estos ecosistemas siguen siendo, en gran parte, terreno inexplorado:
«Estas escasas aportaciones de materia orgánica sostienen comunidades muy especializadas y a menudo transitorias, cuya dispersión, distribución, funciones ecológicas y conectividad en el océano profundo siguen en gran medida sin explorarse».
Dicho de otro modo, quedan muchas preguntas abiertas. Cómo se dispersan estas comunidades. Dónde aparecen. Qué papel cumple cada especie. Y cómo se conectan entre sí unas caídas de ballena con otras a lo largo del océano profundo. Que sean comunidades a menudo transitorias añade dificultad: se forman alrededor de un cadáver y no duran para siempre.
Cada muestra bien estudiada ayuda a ir llenando esos huecos. La que subió el robot noruego desde el fondo del Ártico incluye huesos, dientes, gusanos y crustáceos, material de sobra para seguir aprendiendo.
La historia deja además una imagen bonita: la de un grupo de científicos que salió a cartografiar el fondo del mar, vio una mancha rara a lo lejos, decidió acercarse y volvió con la tumba de una ballena. Con máscaras antigás, eso sí, y sintiéndose como Indiana Jones.
Preguntas frecuentes
¿Qué encontraron los científicos noruegos en el fondo del Ártico?
Encontraron por casualidad la tumba de una ballena: huesos, varios dientes y unos grandes huesos negros que podrían ser del oído, rodeados de gusanos y de un crustáceo del género Saduria.
¿Cómo detectaron la tumba de la ballena?
Un vehículo operado a distancia vio una mancha de gusanos tubícolas en un fondo casi uniforme. Al tomar una muestra salió una nube negra, señal de mucha materia orgánica, y debajo aparecieron huesos y dientes.
¿Qué es una caída de ballena?
Es lo que ocurre cuando una ballena muere y su cuerpo cae al fondo del océano. Su carne y sus huesos alimentan al ecosistema, aumentan la riqueza de especies, sirven de trampolín para que algunas se dispersen y ayudan a secuestrar carbono.
¿Por qué preocupa la minería del fondo marino?
Algunos científicos temen que altere hábitats poco conocidos, como las caídas de ballena, que pueden quedar enterradas y ser difíciles de ver. En 2017, frente a Australia, una caída de ballena fue arrastrada a unos 1.000 metros de profundidad.
Por la redacción de GUAY.news.





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